¿No puedes o no quieres? ¿o no sabes cómo?

En el día a día no paramos de escuchar a la gente diciendo, “no puedo”, “no se puede”, “no es posible”.

Hasta aquí, nos parece normal. Es algo habitual, algo a lo que ya estamos acostumbrados, y que por desgracia, incluso nos creemos.

Para mí esas expresiones son en general escudos con los que protegernos de hacer afirmaciones más directas y que son más coherentes con lo que pensamos o sentimos: “no quiero”, “no me da la gana”, “no me apetece”, “no sé cómo”, “no me atrevo”.

En la vida en general no tiene mayor importancia, pero en el mundo empresarial, las personas que se protegen con el “no puedo” o el “no se puede” se desempoderan.

Y además sin darse cuenta, están juzgando sus posibilidades futuras desde un presente en el que pareciera que conocen todo lo que puede ocurrir en un futuro. Como si tuviesen ya conocimiento de hasta donde pueden llegar.

En mi opinión este vicio se inicia en la infancia cuando los padres se pasan el día diciéndonos, “Juanito, no puedes coger el vaso”, “Pepito, no puedes subirte ahí”, “Josito no puedes jugar con eso”.

Y sin embargo Juanito, Pepito y Josito, no sólo saben que pueden hacerlo, sino que en muchas ocasiones lo hacen, para cabreo de sus padres.

Y claro, a base de escuchar el susodicho mensaje limitante, y de recibir cachetes por no hacerles caso cuando ese mensaje les llega, terminan creyéndose que efectivamente no pueden. Y se convierte en sinónimo de no me dejan, no debo, no quieren.

¿Y qué pasa, que no debería decirle a mis hijos que no pueden hacer x o y?

Si claro que puedes, y de hecho lo haces, pero a mi entender, no debes. Y no debes, no debemos, para que nuestros hijos no crezcan capados de poder.

Porque poder es un verbo, y también un sustantivo que necesitamos conjugar para desplegar todo nuestro potencial.

Por eso creo que es mucho mejor decirles la verdad: “no quiero que hagas eso”, “no debes hacer eso”, “no me da la gana que hagas esto”, o “no te dejo que hagas tal o cual cosa”, pero que sobre todo seamos coherentes con nuestros pensamientos y emociones, y servirles así de modelos sanos.

Mi sugerencia para los que ya hemos crecido: cuando te pilles a ti mismo pensando o diciendo, “no puedo”, tradúcelo por “no sé cómo”, y ponte a buscar la manera de conseguirlo, o por un “no me apetece”, o “no quiero”, pero no te engañes, que en más de una ocasión te vendrá bien ser sincero con tus posibilidades, y si no te has entrenado en buscar los “CÓMO puedo hacer para”, tu futuro se verá muy limitado.

Y si eres responsable de un equipo de gente en la empresa, no uses, ni dejes usar a tu equipo los “no sé puede”. No te lo creas.

Mi conclusión: decir “no sé puede” es de cobardes, y decir, “no sé cómo”, cuando sea el caso, es de valientes. Y digo esto porque decir no sé como exige mucho coraje en el mundo corporativo en el que reconocerlo parece que te quitara puntos. Sin embargo, reconocerlo y actuar en consecuencia, te abre la posibilidad de aprenderlo, o de buscar a alguien que lo sepa, pero sobre todo, de descubrir nuevas posibilidades hacia el futuro.

Ya lo dijo Cuatro este verano, y fijaos, Campeones de Europa.

¡¡¡ Podemos, podemos, … !!!

El parchis, la toma de decisiones y la creatividad

Esta tarde he estado jugando con mis hijos el parchis.

Mientras jugábamos yo seguía concentrado en el juego hasta que de repente me he dado cuenta de que mis hijos de 6 y 8 años, apenas si tenían reparos en “arriegarse” moviendo sus fichas de modo que quedaran expuestas a que otro de los jugadores se las pudiésemos comer. Y mi razonamiento lógico me decía que lo lógico es proteger las fichas para que no te las coman, y tratar de llevar todas tus fichas a casa.

Y cuando me he dado cuenta de que ellos arriesgaban más que yo, y en la mayoría de ocasiones salían indemnes, me he puesto a pensar si esto tenía algo que ver con el día a día adulto.

En nuestras vidas, en nuestro trabajo no nos arriesgamos por lo que podamos perder, por el miedo a perder. Y es cierto que debemos medir los riesgos antes de tomar aquellas decisiones que nos puedan hacer perder, o al menos perder mucho (o “ser comidos”).

Pero, jugando el parchis, no pasa nada por que te coman. Y aún así, yo hoy no he asumido riesgos. ¿Es por inercia? ¿En cuantas ocasiones nos dejamos guiar por esta forma de pensar? ¿Nos damos cuenta en la vida adulta de en cuantas situaciones no hay nada o casi nada que perder, y aún así no nos atrevemos a asumir riesgos, y seguimos siendo conservadores?

¿Y cual sería entonces una de esas situaciones? Pues por ejemplo cuando estamos tratando de generar ideas para solucionar un problema y en lugar de atrevernos a generar ideas diferentes, radicales, nos limitamos a generar más ideas de las que ya conocemos, y no nos atrevemos a diferir nuestro juicio, para concebir nuevos planteamientos.

El próximo día que juegue al parchís, ¡¡ juro por mis fichas, que me comprometo a arriesgarme a que me las coman !!.