Decisiones, aprendizajes y felicidad

Acabo de leer un artículo en Planetgreen.com sobre la psicología de la rabia en la carretera y qué hacer al respecto. Según el artículo, los coches son para los conductores una extensión de si mismos, en el cual proyectan sus dinámicas mentales y emocionales.

Esto me ha recordado lo que leía esta misma semana en el libro The living company, de Arie de Geus, en el que describe cómo las personas en las empresas necesitamos tomar conciencia de que los procesos de toma de decisiones y de planificación estratégica son en realidad procesos de aprendizaje, de los que recibimos feedback del entorno que nos sirve para contrastar la validez de las decisiones tomadas en esos procesos, y aprender.

Sigue contando Arie de Geus que lo que ocurre es muy similar a lo que hacemos de niños cuando jugamos con nuestros juguetes.

En esas circunstancias el juguete se convierte en un objeto de transición en el que los niños proyectan sobre el mismo aquello que necesitan para ensayar que pasaría si tomasen esa decisión en realidad. Esto de paso les permite simular decisiones arriesgadas sin en realidad arriesgar mas que el tiempo de juego. Así por ejemplo pueden proyectar sobre una muñeca la identidad de su hermana, cosa que además puede hacer sin que sus padres se den cuenta ya que la identidad permanece en su imaginación, y ver qué pasa si tira con fuerza de uno de sus brazos, o de su cabeza.

Sin embargo a medida que nos educan y crecemos, vamos aparcando poca a poco nuestra imaginación y ya no nos vale con proyectar nuestras ideas sobre los objetos de nuestro alrededor para simular el control. Al hacernos adultos queremos controlar el entorno. Y los coches son aparentemente un modo de conseguirlo.

Por otra parte escuché también esta semana algo que contradice este sentido de control. Mientras estaba en Mexico impartiendo unos talleres sobre creatividad me comentaban algunos de los participantes el tiempo que tardan en llegar a su trabajo. Para algunas personas son 2 y a veces 3 horas de ida, y otras tantas de vuelta. Bueno, incluso en Madrid no es raro que tardes más de una hora para cada trayecto.

El artículo de Planetgreen.com seguía contando que son precisamente estas “pérdidas de control” debidas a los atascos lo que disparan nuestro estrés, y por tanto la rabia.

Y es de la mezcla de todos estos pensamientos, especialmente de los relacionados con la posibilidad de aprender de las decisiones que tomamos cada día, y de las consecuencias tan nefastas que muchas de ellas producen (por ejemplo de las relacionadas con “cuasi vivir en el coche”) pero que parece no sabemos leer, de donde me surge la duda. Si realmente podemos cambiar nuestro destino cambiando la calidad de las decisiones que tomamos, ¿por qué no lo hacemos?

Ya sé que en el Análisis Transaccional decimos que a menudo tiene que ver con el reconocimiento que recibimos de mantener una forma de ser y de hacer, y por tanto de nuestro guión de vida. Pero al igual que decimos también que las decisiones se pueden cambiar si tomamos conciencia de que hay opciones, ¿es que no nos damos cuenta de las consecuencias de la opción que elegimos? ¿o es que preferimos pensar que no hay más? ¿o es que tenemos tanto miedo a la aparente falta de control que se pueda producir en la transición entre decisiones importantes que preferimos “malo conocido que bueno por conocer”?

Me da la impresión de que no lo hacemos sobre todo por esto último. Y la consecuencia es que no convertimos en víctimas de nuestras propias decisiones.

O sea, que somos a la vez víctimas y verdugos de nosotros mismos. Puff!

Pero, ¿por qué no nos damos cuenta de nuestra auto-flagelación?

Una posible respuesta es porque nos da miedo no tener a quién echarle la culpa. Hacerlo nos haría asumir la responsabilidad, y nos “obligaría” a cambiar. O tal vez sí que nos demos cuenta de que depende de nosotros mismos, pero no sepamos cómo poner en marcha nuevas decisiones y decidamos consciente o inconscientemente no aprender de lo que nos pasa.

Haciendo una nueva cabriola mental, y conectando esto de nuevo con el juego, y con el AT, llego a la conclusión que el problema, y por tanto la oportunidad, la tenemos en la falta de uso de nuestro Niño Libre interior, y en el exceso de Padre Crítico, es decir, en el exceso de juicio. La combinación de estos factores explica además el hecho de que nuestra imaginación haya quedado abandonada en el trastero de la vida, esperando a que algún día la recuperemos.

Necesitamos darnos permiso para seguir jugando. MÁS JUGAR Y MENOS JUZGAR. Tal vez disminuya nuestra eficiencia, o tal vez no, pero sobre todo aprenderemos, ganaremos en calidad de vida, y desde luego, seremos más felices.

Reconozco que me queda mucho por aprender, y no me refiero a nuevos conceptos o etiquetas, sino a nuevas experiencias en las que disfrutar del placer de jugar.

Necesitamos recordarnos más a menudo la frase que se atribuye a André Maurois: “la vida es un juego del que nadie puede en un momento retirarse llevándose sus ganancias”. Sugiero por tanto que pongamos el énfasis en disfrutarlo.

¡¡Hagan juego señores!!

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