La oportunidad de hacer las cosas mejor. O la supervivencia de los más preparados.

A menudo me pregunto qué es lo que hace que haya gente que tiene ganas de cambiar, mientras el resto parece resistirse a ponerse en marcha.

Cuando pienso en ello en más detalle siempre llego a las mismas conclusiones. Todo el mundo parece estar dispuesto a hacer las cosas mejor, y estoy seguro de que así es y de que así lo hacen.

Pero claro, ¿qué es “hacer las cosas mejor”?. ¿Hacer un poco mejor lo que ya hacían?. ¿Seguir con la mejora continua?. ¿Asegurarse de que refinan algunos detalles?.

En el mundo del que veníamos donde las personas apenas si cambiaban y las necesidades se mantenían estables, esto era más que suficiente.

Pero por desgracia esto ya no funciona así. Hace tiempo ya que el cambio de comportamientos que mostramos cuando actuamos como consumidores es muy diferente al de hace tan sólo una década.

¿Y eso por qué?

Porque nuestras necesidades han cambiado, y haciendo los mismos comportamientos ya no las satisfacíamos. Ha habido un movimiento de ascenso por la pirámide de Maslow. Desde las necesidades de pertenencia estamos subiendo a las de autoestima. Hay más gente manifestando su opinión en la redes a través de sus blogs. Los políticos ya no nos interesan tanto como antes. No es cuestión de ser de un partido u otro, sino de vivir mejor. Buscamos sentirnos a gusto, más que aparentar.

Eso si, en las empresas las culturas de las organizaciones “empujan” a esas mismas personas – ahora en el rol de trabajador – a hacer más de lo mismo: “esto es lo que tienes que hacer, haz lo que sabes hacer y no hagas nada que no sea lo que te dejo hacer”.  En este contexto la persona sigue operando en base a su necesidad de pertenencia. De pertenecer a la empresa.

“¡Lógicamente!” dirás. “Hay que seguir pagando la hipoteca, el colegio de los niños, el coche, y haré lo que tenga que hacer”.

Y estoy de acuerdo. No vas a cometer suicidio profesional.

Pero puede que lo estés haciendo ya si en el largo plazo tu empresa no cambia. Haciendo más de lo mismo los resultados van a ser los mismos. Y los trabajadores no van a cambiar por miedo al despido.

Entonces, ¿así cómo van a mejorar las empresas?“.

Pues es necesario que haya una toma de conciencia de lo que no se está cambiando, desde el interior las cúpulas empresariales. Desde la torre de marfil no se llega a entender. Hay que bajarse al barro.

Por eso salvo excepciones – que seguro que las hay – no es suficiente con que en las empresas se practique la mejora continua. Sobre todo porque además en el mercado soplan nuevas fuerzas. Hace tiempo que llegó la tendencia del Low Cost, donde muchos servicios que antes costaban más ahora se consumen por una fracción del precio. Por otro lado algunas empresas punteras siguen demostrando que el precio no es lo que manda si sus clientes disfrutan de una buena experiencia de usuario. Eso si, una con una propuesta de valor que satisfaga las nuevas y las antiguas necesidades. Por si fuera poco, cada vez surgen más empresas nuevas que no paran de inventarse nuevos modelos de negocio que han pasado del simple B2B o B2C a combinaciones que ya no es posible definir con unas pocas letras o números. La financiación empieza a venir del crowdfunding, y la banca empieza a ver amenazas en el horizonte. Lo presencial pierde peso y el e-commerce no para de crecer, etcétera. Podría seguir listando cómo las tendencias están modificando el mercado sin que en el escenario empresarial se produzcan los cambios necesarios.

Así se produce una increíble disonancia entre lo que muchas personas hacen cuando actúan como consumidores, y lo que después deben hacer como profesionales para las empresas que aún no han entendido lo que pasa. En su tiempo libre funcionan en base a las tendencias. En el trabajo lo hacen en base a la cultura que viene de hace varias décadas, e incluso a veces más de un siglo. Y lo malo es que no parece haberme forma de cambiarlo.

Pero hay esperanza. Hay directivos que han empezado a entender que necesitan cambiar la cultura empresarial y asegurarse de que en ellas se practica la confianza frente al miedo, la flexibilidad frente a la rigidez, y la comunicación abierta frente a “dime lo que quiero oír. Así poco a poco van creando el ecosistema en el que la innovación pueda ocurrir. En el que sus plantillas puedan actuar de acuerdo a las tendencias. Y van buscando la forma de hacer que sus estrategias se diseñen desde las necesidades de sus usuarios y no desde los productos que antes querían “colocarles”. Esto permite que las tendencias las vivan como una oportunidad y no como una amenaza.

¿Y cómo se cambia la cultura?. ¿Es que eso de la innovación es más complicado de lo que parece?.

Si, cambiar la cultura e innovar es complicado. Sobre todo cuando los directivos, y los responsables de ponerlas en marcha, no hacen por aprender las nuevas actitudes y habilidades necesarias para la implementación de nuevos modelos de negocios y de gestión de proyectos de innovación. Mientras que los emprendedores las practican a diario, en las culturas tradicionales aún ni se conocen. Y son justamente esas nuevas actitudes y habilidades las que ayudan a cambiar la cultura, y entender dónde están las oportunidades para innovar.

¿Y por qué ocurre esto?.

Porque es necesario querer salir de la zona de confort, y gestionar los miedos que cada uno percibe. Es más fácil recortar gastos y despedir gente que atreverse a abandonar la seguridad de lo conocido. Es triste pero humano. Bueno o quizás no tanto. Es la actuación desde el miedo y con el poder en la mano. Pero claro ese poder puede desaparecer si los consumidores dejan de consumir en su empresa.

Como decía por suerte empiezan a ver ya algunos directivos valientes que van entendiéndolo, y que van trabajando su propio cambio. Se han dado cuenta de que necesitan cambiar “el control de la gente en base al miedo“, por “los contratos con sus equipos en base a la confianza“. Pero todavía en un número insuficiente como para que se perciba la transformación de la sociedad empresarial.

En fin, confiemos en su capacidad de adaptación, aunque sin olvidar el adagio de Darwin. No sobreviven los más fuertes, sino los más aptos, que en este caso serán los más preparados.

(Ilustración de Santy Gutiérrez para mi libro “Hacia un nuevo paradigma”)

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *