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“Mind The Gap”. O La Importancia De Estar Presente.

¿Tienes objetivos pendientes de conseguir en los que prefieres no pensar? ¿Vives el proceso agobiada/o viendo que te cuesta alcanzarlos? ¿Tienes a veces la tentación de dejarlos porque sientes que no eres suficientemente buena/o?

Si las respuestas a esas preguntas son afirmativas es muy posible que te estés obsesionando en demasía con el “gap”, entre tú y tu objetivo. La consecuencia directa es no estar presente en tu día a día.

Como seguramente sabrás, “Mind The Gap” es el aviso que en los metros de Londres te recuerda el hueco que hay entre el andén y el vagón.

Y si bien esa advertencia es genial en ese contexto, el peligro del que te quiero avisar en este post, y en el video que sigue, es el de darle demasiada importancia a este otro “Gap” entre dónde estás, y dónde te gustaría estar. Y cuando digo “demasiada” no quiero decir que no sea bueno que pongas el foco en tu objetivo.

A lo que me refiero es al riesgo de darle todo el peso de tu atención al futuro, olvidándote de otros dos estadios fundamentales: tu pasado y tu presente.

Y te lo digo desde la experiencia, y no precisamente con orgullo. Durante muchos años y especialmente en mi época como directivo “vivía en el futuro”. Aprendí tan bien a crear visiones de futuro, y a conseguirlas, que llegó un punto en el que me di cuenta de que casi no me importaba lo que estuviera pasando. Me costaba estar presente. Sólo valoraba si estaba o no avanzando hacia el objetivo. Y eso me llevó a dejar de valorar mis logros.

Por suerte, hace tiempo que dejé de vivir así la vida, y aprendí a celebrar cada día y a disfrutar de lo que ocurre aquí y ahora.

Por eso he preparado este video en el que te doy alguna pista más para dar el equilibrio que toca a tu GAP

 

¡¡Espero que me cuentes cómo haces tú para estar presente y además fluir hacia tus objetivos!!

Por tus éxitos,

Matti

PS.- Si quieres ver más videos, aquí tienes el enlace a mi canal de YouTube. Y aquí están los videos que tenemos en el canal de inkNOWation.

¡No quiero que mis hijos sufran!

¿Alguna vez tienes la sensación de que tus hijos viven como reyes?

¿Te parece que tus hijos no hacen nada, no recogen sus cosas, y tienes que ir recogiendo detrás suya?

Si es así, tengo buenas noticias para ti.

Aunque esta situación se ha podido convertir en crónica, es posible cambiarla.

Si te paras a pensarlo te darás cuenta de que te sientes un poco víctima de cómo se comportan.

Y es natural, con todo lo que haces para que ellos estén bien, y lo poco que aprecian tu esfuerzo.

¿Te resulta familiar?

Es más que probable que estés sobreprotegiendo a tus hijos. Con muy buena intención. Pero sobreprotegiéndoles al fin y al cabo.

Al haber “acordado” – sin decírselo – que tú te vas a ocupar de todo lo que ellos no hagan, has creado un hábito peligroso.

Ese hábito se ha grabado en vuestras cabezas. La tuya y la de tus hijos.

En la cabeza de tus hijos dice algo así: “Nosotros hacemos lo que siempre hacemos y Mamá o Papá se ocupan de recoger, ordenar, poner la mesa, limpiar, etc.”

En la tuya es algo como: “No quiero pelearme con mis hijos así que ya hago yo lo que ellos no hagan”.

Lo malo es que la consecuencia de ese hábito es que se repite una y otra vez, y sin darte cuenta les sigues sobreprotegiendo.

Al mantener este hábito no les invitas a crecer. Posiblemente es lo que de forma secreta – o inconsciente – no quieres que ocurra.

De paso tú consigues tus caricias positivas (las mismas de las que hablé en el último post), por ocuparte de ellos.

Sin embargo, más pronto que tarde esas caricias terminan cambiando de signo y convirtiéndose en negativas.

Eso ocurre el día que explotas y les echas en cara la situación con frases como:

– “No hacéis nada para ayudar”

– ”Parece mentira lo poco que apreciáis todo lo que hacemos por vosotros

– “Vivís como reyes

En ese momento las caricias negativas que estás dándoles - y que te das a ti mism@ - han mostrado la consecuencia de ese hábito de la sobreprotección.

Esto ocurre con frecuencia. Y se debe a no haber puesto límites a tiempo a la situación.

El “acuerdo” que hiciste con ellos no es sano. No tiene en cuenta ni tus necesidades ni las de ellos, de forma equilibrada.

Lo de las tuyas creo que está claro. Si te quejas es que no estás a gusto.

Y por eso debes incluir tus necesidades en el nuevo acuerdo que pactéis.

Pero sus necesidades de aprender a comportarse como hijos más mayores, tampoco están en el acuerdo. No las has incluido.

Probablemente porque sin saber muy bien cómo, les sigues tratando como cuando eran más pequeños.

Tus hijos necesitaron cierto tipo de apoyo cuando eran más pequeños, pero ahora ya pueden ocuparse de sus tareas en casa. Si no, no se las reclamarías.

Para poder pactar este nuevo acuerdo es fundamental que lo hagáis desde la calma, y no desde la rabia. O dicho técnicamente, desde el “Yo estoy bien, Tú estás bien”, o el “Yo gano/Tú ganas”. Eso os ayudará a todos a entender el punto de vista del otro de forma sana, sin enjuiciarla.

Al contar lo que te pasa recuerda hacerlo sin echarles nada en cara.

Cuenta cómo te sientes cuando te encuentras las cosas de cierta manera. Habla de lo que te encuentras, no de lo que ellos hacen.

Deja que hagan ellos la conexión.

Déjales que asuman su responsabilidad. No se la "embuches" como a un pavo.

Si te mantienes en el modo  “Yo gano/Tú ganas” es fácil contar las cosas con tranquilidad sin exaltarte.

Es importante que evites juzgarles.

Si les juzgas es posible que digas algo tipo: “Si es que claro, lo dejáis todo por medio”,

Al hacerlo así estarás en la actitud “Yo gano/Tú pierdes”. Y eso les invitará a entrar en la actitud “Yo pierdo/Tú ganas”, con lo cual se sentirán como víctimas. Y no asumirán su responsabilidad.

O por el contrario es posible que te imiten entrando en “Yo gano/Tú pierdes” y la riña puede ser digna de las mejores peleas de gallos.

Cuando les hayas contado de forma sana cómo te sientes, deja que ellos se expliquen, sin juzgarles.

Así les dejas espacio para asumir responsabilidad y empezar a crecer como personas.

Una vez entendidos los puntos de vista, es el momento de cambiar el acuerdo anterior. Que cada uno se comprometa a lo que es posible para él/ella y satisfaga a todos.

No es muy complicado si decides dejar de sobreprotegerles y dejarles crecer.

Puede ser doloroso aceptar que se hacen mayores, pero es inevitable.

Seguro que prefieres que tus hijos crezcan felices aprendiendo de sus padres como asumir responsabilidad, a que crezcan recordando cómo les echabas la bronca por cosas que no terminaban de entender.

Si te leíste el último post, recuerda también que les regañas para conseguir tus caricias negativas cuando no consigues las positivas.

Así que pide más caricias positivas y acéptalas con gusto.

Estoy seguro de que vas a disfrutar del cambio.

Por la familia de tus sueños,

Matti

¿Por qué mis hijos son tan diferentes?

Y si la personalidad se estructura así …

¿por qué mis hijos son tan diferentes si les hemos educado igual?

Esto que acabas de leer es la pregunta típica que escucho cuando en los talleres de auto-liderazgo tengo a directivos con hijos que no se explican cómo el modelo de personalidad parece estar fallando.

Pues puede deberse a muchas cosas, pero dos de las más frecuentes suelen pillar a los padres desprevenidos.

La primera tiene que ver con el concepto de “caricias” que es como llamamos en Análisis Transaccional al reconocimiento. La segunda con el tipo de caricias que cada uno prefiere.

Las personas necesitamos recibir distintos tipos de reconocimiento o caricias a lo largo de nuestra vida para mantener nuestra salud emocional. Y los hijos aprenden desde muy pequeños a hacerlo. Y cada uno las busca a su manera.

Pero sobre todo, cada uno busca una forma de recibir caricias que no esté ya “cogida” por su hermano o hermanos mayores, que le llevan ventaja en los comportamientos que les ayudan a conseguir ese reconocimiento emocional.

Es decir, si el hijo mayor es muy bueno dibujando, pero es un poco desordenado, los padres le darán caricias positivas por cómo dibuja, y caricias negativas (o ninguna caricia) por su orden.

Al hermano pequeño le va a costar conseguir caricias positivas por el dibujo ya que su hermano mayor tiene más coordinación y domina mejor la técnica. Sin embargo el pequeño pronto descubre que siendo más ordenado que su hermano mayor sus padres le dan caricias positivas por su orden, y cuanto más lo practica, más recibe.

Al cabo de un tiempo cada uno está satisfecho con las caricias positivas que recibe.

Lo que aún no te he contado es que el ser humano está diseñado de modo que buscamos en primer lugar la caricia positiva. Pero si no la conseguimos, buscamos entonces la caricia negativa. Eso antes que quedarte sin ninguna.

O como se dice en el refranero español, “no hay peor desprecio, que no hacer aprecio”.

¿Por qué ocurre esto?

La caricia es el alimento emocional que mantiene nuestro sistema inmunológico sano. Y lo hace ayudando a nuestro cuerpo a segregar en sangre aquello que nos hace sentir bien, como son las endorfinas, las oxitocinas, y otros neurotransmisores.

Si no recibe esas sustancias, las células experimentan el “mono” (la privación) y prefieren un sustituto, antes que quedarse sin nada. El sustituto son las caricias negativas.

Algunos ejemplos de caricias positivas son por ejemplo, la atención, el cariño, ser escuchado, un abrazo, una mirada, recibir una llamada de alguien que te importa, o incluso un correo electrónico con buenas noticias.

Una caricia negativa es un castigo, un insulto, una mirada despectiva, una queja,  una bronca o un correo electrónico en el que te critican.

Cuando decimos que un niño está llamando la atención, es porque está buscando caricias. Primero positivas, y si no las consigue. Ya sabes.

A esto se le junta que las personas tenemos distintos tipos de personalidad y cada una busca un tipo específico de caricias positivas según qué personalidad tenga. Hay gente que las prefiere por sus opiniones, o por su trabajo, otros por su forma de organizarse, otros por lo que saben, otros por su forma de ser, etcétera.

Los padres tendemos a dar siempre el mismo tipo de caricias (que no es otro que el que nos gusta recibir). Si por ejemplo te gusta que te den caricias por cómo eres, esas son las que más vas a dar. Pero si uno de tus hijos las prefiere por lo que hace, es probable que se quede  sin sus caricias preferidas y buscará inconscientemente las caricias negativas que las sustituyan.

Algún día te hablaré del Modelo PCM (Process Communciation Model) desarrollado por Taibi Kahler y utilizado por la NASA durante 18 años para seleccionar astronautas y diseñar tripulaciones.

Gracias a él podrás conocer más en detalle cuáles son los seis tipos de personalidad, qué tipo de caricias necesita cada uno, cuál es su forma de comunicación favorita y la forma de ver la realidad que tiene cada uno.

De momento quédate con la idea de que es normal que tus hijos reaccionen de forma diferente a una forma única de comunicar, la tuya.

Y vete fijando en qué tipo de caricias positivas prefiere cada uno. Esto hará que vayas mejorando tu auto-liderazgo y puedas darle a cada uno lo que necesita. Ya sabes que como pasa en la empresa el “café para todos” no funciona.

Por suerte cada uno somos diferentes, y cada uno tiene sus propias necesidades individuales. Y esto incluye … tus sueños.

Por la familia de tus sueños.

Matti

“¿Estamos listos para cambiar?. Esperemos un poco más.”

– Felipe: “¡Joder qué frío hace!

– Mario: “¡Y que lo digas! ¡Ayer estaba nublado, pero es que encima hoy hace un aire!

– Felipe: “¡Ya te digo!

– Mario (en tono melancólico): “Con lo Seguir leyendo “¿Estamos listos para cambiar?. Esperemos un poco más.”

¿Cuánto dinero le cuesta a tu empresa tener un equipo de dirección fragmentado?

Hasta hace poco cuando visitaba a las empresas les hablaba de lo que podían ganar si se decidían a innovar.

El retorno a la inversión es algo que todo el mundo entiende y que a los accionistas y directivos siempre les preocupa. Y con razón. Si no es rentable, mejor que Seguir leyendo ¿Cuánto dinero le cuesta a tu empresa tener un equipo de dirección fragmentado?