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KNOW, KNOW, KNOW, ¿qué pinta know en tus palabros?

Cuando empecé a concebir cómo iba a trasladar al mercado mis años de experiencia innovando en el entorno ingenieril, me dí cuenta de que, al igual que nos ocurre con otras muchas cosas, lo que quería hacer era sistematizar un conocimiento innato e inconsciente que había estado utilizando cada vez que desafía los límites de lo establecido, cada vez que desafiaba el status quo de lo que me rodeaba.

Y a partir de ahí pensé que en realidad la innovación tiene mucho que ver con lo que conoces aunque no sea de manera consciente, y con lo que aprendes según te atreves a ir probando, y que a su vez se va convirtiendo en conocimiento, a la vez que en experiencia.

Y jugando con los conceptos llegue a este palabro, inknowation, que ahora define mi empresa, mi manera de entender la innovación, y en general, todo lo que tiene que ver con utilizar tu conocimiento (previo, o recién creado), en el desafío de los limites.

inknowation, entiendo, o quiero entender, luego inknowo.

La P de Poder

El Poder, o Potencia Personal, es un sustantivo que además se conjuga: yo puedo, tu puedes, él puede, nosotros podemos, vosotros podéis, ellos pueden.

Sin embargo no nos resulta nada difícil escucharnos diciendo que no podemos hacer algo cuando probablemente más acertado y beneficioso para nosotros sería reconocer: no quiero, no me atrevo, no me apetece, no me da la gana, o no sé cómo.

Cuando éramos niños, generalmente escuchamos en demasiadas ocasiones aquello de, “no hijo no puedes hacer tal o cual cosa”, cuando en realidad para nosotros era obvio que si podíamos, pero que no nos dejaban hacerlo.

Poco a poco nos íbamos acostumbrando a la cantinela, e incluso le preguntábamos a nuestros padres, “papá, mamá, ¿puedo?” cuando para nosotros era obvio que sí, pero seguíamos el patrón que nuestros padres nos iban inculcando día a día.

Al final, a base de tanto repetir, como ocurre con tantas cosas en nuestra fase de aprendizaje, nos terminamos acostumbrando, o lo que es peor creyendo, y a partir de aquella época empezamos a decirle a los demás que “no podíamos hacer algo”, cuando hubiera sido mucho más acertado decir, “de pequeño no me dejaban hacerlo aunque yo sabía que podía, y al final me he terminando creyendo que no puedo”.

Esto es algo que se sigue produciendo en las organizaciones, y que cuando alguien desafía mediante el correspondiente “sí, sí que puedo, pero no debo, o no me dejan”, la respuesta suele convertirse en amenaza: “bueno, si puedes, si no te importa que te echen / te echemos”.

Por desgracia, al no ser capaces de crear entornos protegidos en los que probar y poner en marcha ideas nuevas, tampoco desplegamos los permisos necesarios para ello, o como jefes no los damos, y finalmente, nos desempoderamos, o nos desempoderan, con lo que nuestras ideas se pudren en el interior de nuestras mentes.

Os animo a volver a conjugar vuestro poder; eso sí, como dice muy buen amigo Juan Manuel Opi, no conjuguéis el poder con J.

La P de Permiso

¡Si me dejaran, sería capaz de poner en marcha algunas de mis mejores ideas!.

Pero claro, cualquiera dice nada.

Si no funciona, sería porque no ha sido una buena idea. Y si funciona, mi jefe se pondría todas las medallas, y yo me quedaría con un palmo de narices.

No merece la pena intentarlo.

Hay muchas maneras de justificar que no merece la pena arriesgarse. Sin embargo, en demasiadas ocasiones lo que nos ocurre no tiene tanto que ver con los demás como con nosotros mismos. Nos faltan PERMISOS para equivocarnos, ser diferentes, fallar, atrevernos, cambiar.

Sin embargo, resulta más cómodo echarle la culpa a un tercero que asumir la responsabilidad de aquello que de forma consciente o inconsciente no pongo en marcha.

¿Por qué no tengo esos permisos?

Generalmente la falta de permisos tiene más que ver con nuestra más temprana educación de lo que sería deseable. Sin embargo, una vez que tomo conciencia de que no tengo esos permisos, es mi responsabilidad incorporarlos, con el fin de poner fin a esos comportamientos limitantes.

¿Y si detecto que los permisos le falta a alguien de mi equipo?

Aunque lo ideal es que sea cada uno el que se dé cuenta de los permisos que no tiene, como jefe, puedes darles a tus colaboradores aquellos permisos que necesiten para poder desarrollar las facetas que hasta ese momento tienen aparcadas.

La P de Protección

J: ¡Cuando tenga catorce años, montaré en una nave espacial!

R: ¡Alah!, ¿tú solo?

J: ¡No, con un mayor!.

R: Ah, ya decía yo. Es que si no da mucho miedo.

¿Cuantas veces has oído en tu trabajo a un adulto reproduciendo esta conversación, sustituyendo al “mayor” por el jefe?

Aunque nos consideramos personas crecidas, tenemos muchas limitaciones que frenan nuestra inKNOWability.

En demasiadas ocasiones, como no sienta que alguien con más autoridad me proteja, no me atreveré a pensar, proponer y aún menos a hacer según que cosas, no sea que mis pensamientos, afirmaciones o acciones tengan consecuencias que me cambien la vida.

Y menuda historia, mi vida dejaría de ser previsible.

Vivimos atenazados por el miedo, por el mismo miedo que teníamos de niños, sólo que en este caso lo disfrazamos de precaución, prudencia, hipoteca, etc.

Y mientras tanto las oportunidades siguen pasando a nuestro lado sin ser aprovechadas.

Nos falta la primera de las tres P’s necesarias para desarrollar nuestra inKNOWability, la P de PROTECCIÓN.

Lo ideal es que la protección nos la diéramos nosotros mismos, y no necesitáramos de esa protección por parte de nuestro entorno.

En su defecto, la segunda mejor opción sería que nos la ofreciera el entorno, sin embargo, casi siempre, cuando se trata de la organización, lo que ésta nos ofrece es justo lo contrario.

Es más probable que el miedo sea la emoción que domine, y por tanto el talento se esconda.

Como jefe, parece lógico no dejar que la gente se dedique a probar cosas nuevas sin ton ni son. Sin embargo, entre este último pensamiento y la opción más habitual de tener a la gente atemorizada, existe la magnifica oportunidad de crear entornos PROTEGIDOS en los que los miembros del equipo puedan explayarse y generar ideas, proponerlas e incluso, facilitando los medios, y siguiendo los mecanismos acordados, ponerlas en marcha. Sólo es necesario, querer, y establecer el contrato psicológico adecuado entre las partes.

El contrato transaccional

El contrato es probablemente uno de los conceptos más potentes del AT.

Especialmente, si consideramos lo simple que es su explicación, y las numerosas ocasiones en las que el no hacer un buen uso del mismo se traduce en malentendidos, conflictos innecesarios, despidos, o incluso en el plano personal, en broncas y, a la larga, hasta en divorcios.

Cuando hablamos del contrato transaccional, distinguimos tres niveles: el administrativo, el profesional y el psicológico.

Podemos hablar así de tres contratos, o de tres aspectos del contrato, que queremos aplicar a una relación.

Un uso adecuado del mismo, nos proporcionará grandes satisfacciones, así como mayor eficacia personal. Para aquellas personas que tienen personal a su cargo será de especial interés, ya que cuando sus colaboradores conozcan y apliquen el concepto, reducirán su victimización (“es que yo creía que tu sabías lo que yo quería”), y por tanto aumentará la asunción de su responsabilidad.

Veamos entonces los tres apartados del contrato transaccional.

En primer lugar encontramos el contrato administrativo.

Un ejemplo típico de contrato administrativo es el contrato legal de trabajo, en el que se reflejan los aspectos básicos de la relación. Entre ellos destacarían elementos tales como, cuando va a comenzar el contrato, qué se va a entregar como contenido del contrato (trabajo, productos, servicios), dónde se va a desarrollar, los horarios, cuanto se va a pagar por el suministro objeto del contrato, cuando se va a extinguir, etc.

Este es en muchas ocasiones el único contrato que se establece en una relación, y a menudo sólo cubre los aspectos básicos, o necesidades básicas, del que solicita el servicio. Usando un ejemplo doméstico, sería como pedirle a un pintor que nos pinte el salón de la casa, y simplemente acordamos, cuando va a empezar, cuanto va a tardar, el color de la pintura, y el precio.

Es habitual encontrar el contrato administrativo por escrito, aunque en ocasiones es sólo verbal.
En segundo lugar, tenemos el contrato profesional.

Este tiene que ver con el desarrollo del contrato. Siguiendo con el ejemplo del contrato laboral, este segundo nivel del contrato transaccional incluiría aspectos tales como, qué funciones se van a desarrollar en el puesto de trabajo, que responsabilidades tiene la persona, con que recursos puede contar, con quien va a relacionarse, etc.

En la mayoría de los contratos laborales, este apartado no es parte del mismo, ni siquiera como anexo. A veces, porque no se quiere limitar las responsabilidades de los trabajadores, o no se quiere emplear el tiempo en prepararlo, y en otras ocasiones porque se teme que el trabajador utilice el contrato profesional escrito como razón para no hacer una tarea, o para exigir mejoras económicas cuando se le pida que desarrolle una labor que no está reflejada entre las funciones del contrato.

El peligro de no reflejarlo es que (como explicaré en posts posteriores) se está haciendo un descuento de ciertos aspectos importantes de la relación contractual, es decir, hay aspectos que no se están tomando en cuenta. Estos descuentos son habitualmente una puerta de entrada para los juegos psicológicos. (Nota: Un juego psicológico, es una de las formas en que de acuerdo a la teoría del AT podemos estructurar el tiempo. En este caso, una forma de estructuración poco recomendable, ya que el juego psicológico es sinónimo de conflicto, y nos sirve básicamente, para conseguir reconocimiento personal negativo, o como lo llamamos en AT, caricias negativas).

En algunas organizaciones, el contrato profesional si se entrega al trabajador con la descripción del puesto, o a veces está incluso reflejado en el Libro de Empresa. Lo que es difícil que ocurra es que se le muestre al trabajador antes de firmar el contrato administrativo (el del INEM ).

A menudo, este segundo apartado del contrato transaccional no aparece en muchas de las solicitudes (contratos) que hacemos, y sin embargo cubre muchos aspectos críticos para su éxito.
Siguiendo con el ejemplo del pintor, en este segundo nivel, deberíamos acordar aspectos tales como, qué tipo de pintura va a utilizar, si va a necesitar equipos especiales (compresor para pintar a pistola, o si va a utilizar una escalera), cuanta gente traerá para pintar, etc.

Finalmente tenemos el contrato psicológico.

Este es el nivel más complicado de gestionar. En el contrato psicológico tenemos todo aquello que esperamos que ocurra en la relación contractual, y que sin embargo no exponemos al otro. Es el plano en el que se encuentran las expectativas.

Este es el plano en el que tenemos la oportunidad de transformar nuestras expectativas en compromisos. Para ello es necesario que nos atrevamos a poner las expectativas sobre el tapete, y hablemos de ellas con la otra parte. De otro modo, estaremos esperando que la otra parte actúe como un adivino.

Sólo si las exponemos podremos negociarlas.

En muchas relaciones de pareja ocurre esto mismo. Una de las partes espera que la otra parte se dé cuenta de las necesidades del primero, y las satisfaga. Cuando esto no ocurre, se producen reclamaciones que parecen poco coherentes, pero que suelen ser muy frecuentes: “deberías haberte dado cuenta”, “si te hubieses fijado, lo habrías notado”, “tú ya sabes lo que necesito (o lo que me gusta)”, etc. La persona no se hace cargo de sus necesidades y pasa la responsabilidad al otro.

Este es un contrato que a menudo se queda en el plano verbal, en el caso de que se atienda. Es raro encontrar organizaciones que se ocupen de este plano de la relación contractual.

Sin embargo, ya existen algunas organizaciones que empiezan a contemplarlo, y son precisamente aquellas que han entendido la importancia que tiene respecto a la motivación, y por tanto, respecto a la retención del personal.

Cuando las personas se sienten desmotivadas, a menudo encontraremos que se debe a expectativas insatisfechas. En la mayoría de los casos, las personas abandonan las organizaciones cuando tras un período inicial de “enamoramiento” con la organización, descubren que sus expectativas no se están viendo satisfechas tal y como ellos esperaban. Entonces, en lugar de darse cuenta de que nunca hablaron de ellas con su jefe, asumen que su jefe debía haberse ocupado de: promocionarle, escucharle más, darle más responsabilidad, etc,

Esto no quiere decir que, por otra parte, el jefe no haya tenido también expectativas respecto al comportamiento de su colaborador (“que me diga lo que necesita“, “que tenga iniciativa“, “que ponga un alto grado de atención en sus tareas“, “que demuestre buena actitud“, etc) y no se haya ocupado de manifestarlas, dejando así de asumir su responsabilidad en el nivel psicológico de la relación.

En definitiva, el contrato psicológico nos permite explicitar nuestras expectativas, y a partir de ahí, tener la oportunidad de hablar de ellas con nuestro interlocutor, o interlocutores, y negociar cómo verlas satisfechas.

Está claro que no se puede garantizar que se satisfagan, pero al menos podemos hablar de ellas, e incluso si no conseguimos que sean consideradas tal cual en el contrato, buscar una forma alternativa de verlas satisfechas. En cualquier caso, este es uno de los caminos más eficaces para convertir nuestras expectativas en compromisos acordados por las partes que pactan un contrato, y sobre todo, de asumir la responsabilidad de ocuparnos de nuestras necesidades.

En la mayoría de las relaciones profesionales, los conflictos surgen por contratos establecidos únicamente a nivel administrativo, en el que las expectativas no han sido manifestadas.

Este es de hecho un nuevo caso de descuento (normalmente hecho de manera inconsciente), en el que la persona que tiene las expectativas no se hace cargo de sus necesidades, y deja pasar la oportunidad de ponerlas de manifiesto. Como he dicho antes, es muy probable que cuando vea que sus expectativas no han sido satisfechas, se sienta con el derecho a reclamar, a pesar de que no se ocupó de ponerlas sobre la mesa cuando tuvo la oportunidad.

En la mayoría de los casos en los que alguien me cuenta alguna injusticia que sufrió de su jefe, o de un colega, o incluso de un colaborador, es fácil identificar un contrato incompleto desde el punto de vista de las expectativas personales del que reclama.

Por otra parte es importante recordar que, el contrato transaccional no tiene que estar siempre por escrito, y a menudo basta con que ser verbal. Normalmente pensaremos en hacerlo escrito, o bien cuando la importancia del mismo sea alta (y habitualmente con gente de fuera de la organización), o cuando siendo con personas de nuestra propia organización, hemos visto que el contrato verbal se tomaba a la ligera, o incluso se rompía, y parecía que no pasaba nada.

Es importante tener en cuenta que el contrato transaccional no se impone, sino que se negocia. De lo contrario no estaremos trabajando desde una posición de respeto, de igualdad (lo que en AT denominamos, la posición existencial yo estoy bien, tú estás bien”), si no que estaremos probablemente inmersos en un juego de poder, tan comunes en las empresas.

Esto no quita sin embargo, que las personas definan en él los límites que consideren necesarios para poder actuar de acuerdo a sus necesidades personales, así como las de la organización.

Para terminar con el mismo ejemplo que empecé del pintor, en este caso deberíamos explicitar cómo espero que me quede la habitación de bonita cuando acabe, qué tipo de fallos espero no ver, cómo espero que me deje la casa de limpia, o incluso, que espero acabar la relación de forma cordial.

Espero que estos comentarios sobre el contrato, sirvan para reducir el número de conflictos en los que, a veces innecesariamente, nos vemos inmersos en el día a día.

Depende más de cada uno de lo que a veces nos gustaría pensar.

making the invisible visible