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¿Preguntas incómodas?

¿Existen de verdad? ¿Son preguntas incómodas? ¿o es que te sientes incómodo/a cuando según quien te hace según qué preguntas?

Decir que “una pregunta es incómoda” es darle un poder a las palabras que éstas no tienen. Cualquier pregunta es en si misma lo que queramos hacer de ella. Somos cada uno de nosotros los que le damos significado e importancia. Sin embargo esto a menudo se nos olvida.

Blog de Matti Hemmi

Lo que he comprobado es que, según en qué rol me encuentre en la vida, hay preguntas que siento como más fáciles o más difíciles.

Cuando estoy trabajando con mis clientes, y mi contrato con ellos está claro, no tengo problema alguno en ser tan confrontativo como la situación lo requiera. Eso sí, siempre desde el cariño.

O al menos en grupo. Porque en la distancia corta reconozco que a veces aún no hago las preguntas que nos ayudarían a ambas partes a conseguir lo que ambos queremos.

Pero en otros contextos que no sean el profesional, no lo hago tan a menudo.

Recientemente volando de Londres a Madrid, mi compañera de asiento llevaba el libro electrónico encendido mientras el avión iba rodando por la pista para el despegue.

La miraba de reojo con rabia, porque hacia tiempo ya que el piloto había dicho que debían apagarse todos los dispositivos electrónicos, pero ella hacía caso omiso. A pesar de la asertividad que a menudo pienso que me caracteriza, en este caso no me estaba atreviendo a decirle nada.

Al poco tiempo llegó la azafata. Mientras se sentaba enfrente nuestra en su asiento en la salida de emergencia, mi compañera de viaje apagó con cierto disimulo su libro. O al menos lo cerró.

Y mientras el avión seguía cogiendo velocidad por la pista, yo seguía rumiando si lo tendría apagando o no. Cuando por fin el avión despegó y cogió la altitud suficiente, se apagó el piloto que indicaba que podíamos encender de nuevo los aparatos electrónicos.

Entonces respiré tranquilo.

“¡Ya no tengo que decirle nada!”.

¿El problema se había arreglado sólo? Puede, pero a mi me quedó la sensación de que no había hecho lo que era necesario para mi seguridad y en este caso la de los demás.

Probablemente pienses que estaba un poco más suspicaz de la cuenta.

Sin embargo, hacía pocos días que un amigo piloto me había contado como en una ocasión se había quedado sin corriente en toda la cabina, y se le habían apagado todos los indicadores, por culpa de un aparato electrónico que les produjo una interferencia.

No sé qué tipo de aparato era, pero ante mi desconocimiento, cualquier aparato era susceptible de causar algo parecido.

¿Y por qué te cuento esta historia?

Por un lado para que compruebes si hay algún tipo de preguntas que encuentras incómodas, a hacer o a no responder.

En el primer caso te invito a que lo consideres una oportunidad para descubrir qué creencia subyace a ese comportamiento. Tal vez, la de “¿hacer preguntas incómodas es de personas maleducadas?“, como en algún chiste de Jaimito. O incluso que actitud: ¿puede ser la de “no seré aceptable si hago preguntas incómodas“?.

En ambos casos puedes probar a ver qué ocurre y cómo cambia tu vida si decides probar por ejemplo con otra creencia, “la gente es madura y tiene capacidad de sobra para no contestar si no quiere“. O con otra actitud, “soy aceptable como ser humano independientemente de mis emociones, pensamientos y comportamientos”.

En el segundo caso te invito a que te des cuenta de qué pasa en tu interior, o en la relación con la persona que te hace la pregunta “incómoda”, si decides contestar la pregunta con un “interesante pregunta pero no la voy a contestar” o si decides contestar lo que te preguntan y fijarte en cómo reaccionas interiormente, cómo te sientes, qué piensas. Estoy seguro de que descubrirás aspectos de tu forma de liderarte que te sorprenderán y que añadirán una nueva dimensión a tu autoconocimiento.

Además y para terminar, puede ser interesante que compruebes en qué contextos vives con incomodidad esas preguntas, y en cuales no. En qué roles estás, profesional, pasajero, compañero, padre, hijo, amigo, …

Confío en que poco a poco las preguntas de cualquier tipo las vivas como preguntas que te dan la oportunidad de descubrirte.

¡¡Que lo disfrutes!!

¿Innovarías más si así mejorara tu bonus? O cómo el miedo a sentirse vulnerables bloquea la innovación.

Antes de dedicarme a la consultoría, dirigí una empresa de ingeniería durante casi 15 años en la que apliqué muchas de las teorías y conceptos que ahora utilizo para ayudar a mis clientes a cambiar su estilo de auto-liderazgo, y crear entornos que favorezcan la innovación.

Este sábado pasado estuve dando una clase en el Master de UX (User Experience) de K School, coordinado por Isa Casasnovas, Juan Leal, e Ignacio Buenhombre. En un momento de mi intervención expliqué la importancia de la perseverancia en el proceso de innovación.

Lo hice tras resaltar como en mi época en la ingeniería perdimos la oportunidad de entrar en dos clientes, después de Seguir leyendo ¿Innovarías más si así mejorara tu bonus? O cómo el miedo a sentirse vulnerables bloquea la innovación.

“Ensayo y error”, “¿ensayo y resultado?”, …, “¿ensayo y …?”

A menudo escucho la idea de que para hacer algo nuevo debemos tirar de la fórmula de “ensayo y error”. Y aunque no he hecho un estudio científico al respecto, me da la sensación de que cuando hacemos esta afirmación, nos resulta tan familiar que no solemos reparar en la carga simbólica que lleva consigo. Nos es tan habitual que es transparente para nosotros.

Sin embargo, últimamente he estado pensando en las connotaciones negativas que esta “fórmula” tiene. Y me refiero de forma más concreta a la carga negativa de la palabra “error”. Sobre todo porque ahora que los recursos son aún más limitados, y todo el mundo busca la excelencia, parece que no haya lugar para cometer errores.

Y creo que por eso para muchas personas, diría que la mayoría, cometer un error es un sinónimo de desastre.

Si cometemos un error, es probable que nos sintamos mal, quizás incluso incapaces, y confundamos nuestro error con nuestra identidad. “He fallado, ergo soy un inútil”.

No solemos ser conscientes de que un error es uno de los resultados probables que podemos obtener al hacer algo nuevo. Y por lo tanto, debería ser algo esperable. Pero claro, el error tiene mal cartel.

Es por esto por lo que me gusta más decir que al hacer algo nuevo debemos aplicar la fórmula de “ensayo y resultado”.

Si el resultado obtenido es el que queríamos, genial. Prueba superada.

Si no es así, lo coherente es tomar nota del gap, de la brecha, entre lo que esperábamos, y lo que hemos obtenido, analizar las acciones que hemos hecho, y que han dado lugar a ese resultado, y variar aquello que el sentido común, o un análisis más detallado, nos indique como más razonable para acercar el próximo ensayo al objetivo deseado.

Esta es de hecho la forma que desde pequeños utilizamos para aprender a dominar algo, y en la que deberíamos seguir confiando de adultos para aprender cualquier nueva habilidad, o disciplina.

Sin embargo, cometer errores cuando somos pequeños suele estar permitido, mientras que de adultos, ni nos los permiten, ni nos los permitimos.

Por eso de adultos nos cuesta más aprender, porque no queremos, o no nos permitimos, obtener resultados intermedios.

O acertamos a la primera, o preferimos no asumir la posibilidad de errar.

Desde mi punto de vista, esto está relacionado con nuestro ego, y sus secuaces: los miedos al fallo, al ridículo, y al que dirán. Y dado que no queremos que nuestro ego sufra, evitamos cometer errores. Y que mejor forma de conseguir esto, que no intentando hacer nada nuevo.

Y por si acaso, me protejo argumentado que todo lo que no sea perfecto es un error. ¿Qué mariconada es esa de llamarlo resultado?

En general esto estaría muy bien si no fuera porque no todo el mundo sufre de estos males del ego; hay algún@s que se atreven a hacer cosas nuevas, a ensayar y a aprender de esos resultados intermedios, que muchos llaman errores. Y de este modo, inventan nuevas formas de hacer, e incluso de estar y de ser.

Esto obliga a los demás a probar nuevas cosas para no quedarse atrás.

Y ya tenemos el lío montado.” ¿Me subo al carro, o me espero?”; “¿y si espero será demasiado tarde?”; “mira que si me equivoco”. Y así la vida, por suerte, va cambiando por los cambios que introducen algunos “iluminaos“.

Cómo ya habrás adivinado, en estas últimas frases me estaba refiriendo a l@s innovadores, a esas personas que leen la realidad de una forma diferente, y que la etiquetan también de un modo diferente. Son las personas que “nos complican” la vida, creando nuevas formas de relacionarse con el mundo.

De hecho si lo piensas, no deberíamos siquiera hablar de “ensayo y resultado”, sino de “ensayo y evolución”.

¿Acaso no ha llegado nuestra civilización hasta donde se encuentra actualmente a base de hacer ensayos y aprendizajes?.

Si no fuera por aquellos que se atrevieron a obtener nuevos resultados, desafiando a sus egos, y a sus miedos aprendidos, todavía seguiríamos en las cuevas comiendo carne cruda, cortada con los dientes, porque ni habríamos inventado el hacha, ni habríamos aprendido a controlar el fuego, por empezar por lo más básico.

Porque amigo lector, si todavía piensas que es mejor hablar de “ensayo y error”, estarás implícitamente diciendo que el ser humano es sólo eso, un error de la naturaleza.

Y aunque desde la ironía me apetece estar de acuerdo, en el fondo me resulta admirable lo que el ser humano ha logrado alcanzar a base de ensayo y … ¿cómo prefieres llamarlo?.

En fin, etiqueta lo que ocurra con tus ensayos como quieras, pero por tu propia sostenibilidad personal y profesional, diversión y posibilidades de aprendizaje, no dejes de ensayar nuevas cosas, si no quieres quedarte atrás.

¡¡Buena suerte con tus ensayos!!

¿El CEO como Chief Innovation Officer?

Acabo de estar viendo un video en YouTube (www.youtube.com/watch?v=xvIUSxXrffc&NR=1) en el que entrevistaban a A.G. Lafley, CEO de Procter & Gamble, y aún sin saber hasta que punto es esto una realidad, me ha encantado la declaración de principios que Lafley hace en su libro Game Changer, en una de sus frases iniciales:

“My job at Procter & Gamble is focused on integrating innovation into everything we do”

Realmente es importante que más allá de una frase, esto se traduzca en comportamientos y hábitos que sus colaboradores puedan ver o constatar de alguna manera, pero independientemente de esto, ¿cuantos CEOs se atreverían siquiera a hacer suya este frase, no ya en un libro, sino en una entrevista, que más tarde pudiera ser vista por cualquiera de su empresa en YouTube?.

Está claro que hace años esto no era un problema, pero hoy en día, gracias a las nuevas tecnologías, estamos en un mundo cada vez más transparente en el que es muy difícil esconderse, y en el que la credibilidad está más en juego que nunca.

La confirmación de si tus hechos están alineados con tus palabras es cada vez más fácil. Y si que no se lo pregunten a algunos políticos, que podrían estar ya compitiendo con la marioneta de Gepetto, aunque con peor carisma.

pinocho

Animo desde aquí a los directivos de las empresas españolas a que por un lado, se den cuenta de la importancia que tiene la innovación para la supervivencia de las organizaciones que dirigen, tomando como ejemplo cómo la fomentan los CEO de algunas de las empresas más importantes como P&G, o como también hizo recientemente el nuevo CEO de Honda Motor, Takanobu Ito, declarándose como el Chief Innovation Officer de la compañía.

En segundo lugar les animo a que, si ya creen en la innovación, pasen del pensamiento a la declaración, tal y como hace A.G. Lafley, y de este modo, empiecen a mostrar su compromiso para que sus colaboradores entiendan la importancia que tienen como generadores de ideas, como promotores de la creatividad, para mejorar su entorno de trabajo, y de paso su organización.

Y finalmente, y como no podía ser de otra manera, les animo a que conviertan sus palabras en hechos, para que estos mismos colaboradores les saquen los colores si luego no cumplen sus compromisos a la hora de asignar recursos al proceso de innovación, o a la hora de priorizar tiempo dedicado a la misma, a la hora de crear estructuras que la apoyen, de crear procedimientos que faciliten la transmisión de estas ideas, en definitiva, de ocuparse de crear una cultura de innovación.

En fin, que ahora que empieza el nuevo curso escolar, les animo señoras y señores directivos, a tomar cartas en el asunto de la innovación, ya que ésta no es una moda, sino una función a incorporar a sus organizaciones, y cuanto antes empiecen a practicarla, antes dejarán a sus competidores atrás, y sobre todo, a sus clientes más satisfechos.

Y les deseo trambién mucha suerte, ya que el camino por desgracia no es fácil, y la resistencia al cambio acecha por doquier.

¿No puedes o no quieres? ¿o no sabes cómo?

En el día a día no paramos de escuchar a la gente diciendo, “no puedo”, “no se puede”, “no es posible”.

Hasta aquí, nos parece normal. Es algo habitual, algo a lo que ya estamos acostumbrados, y que por desgracia, incluso nos creemos.

Para mí esas expresiones son en general escudos con los que protegernos de hacer afirmaciones más directas y que son más coherentes con lo que pensamos o sentimos: “no quiero”, “no me da la gana”, “no me apetece”, “no sé cómo”, “no me atrevo”.

En la vida en general no tiene mayor importancia, pero en el mundo empresarial, las personas que se protegen con el “no puedo” o el “no se puede” se desempoderan.

Y además sin darse cuenta, están juzgando sus posibilidades futuras desde un presente en el que pareciera que conocen todo lo que puede ocurrir en un futuro. Como si tuviesen ya conocimiento de hasta donde pueden llegar.

En mi opinión este vicio se inicia en la infancia cuando los padres se pasan el día diciéndonos, “Juanito, no puedes coger el vaso”, “Pepito, no puedes subirte ahí”, “Josito no puedes jugar con eso”.

Y sin embargo Juanito, Pepito y Josito, no sólo saben que pueden hacerlo, sino que en muchas ocasiones lo hacen, para cabreo de sus padres.

Y claro, a base de escuchar el susodicho mensaje limitante, y de recibir cachetes por no hacerles caso cuando ese mensaje les llega, terminan creyéndose que efectivamente no pueden. Y se convierte en sinónimo de no me dejan, no debo, no quieren.

¿Y qué pasa, que no debería decirle a mis hijos que no pueden hacer x o y?

Si claro que puedes, y de hecho lo haces, pero a mi entender, no debes. Y no debes, no debemos, para que nuestros hijos no crezcan capados de poder.

Porque poder es un verbo, y también un sustantivo que necesitamos conjugar para desplegar todo nuestro potencial.

Por eso creo que es mucho mejor decirles la verdad: “no quiero que hagas eso”, “no debes hacer eso”, “no me da la gana que hagas esto”, o “no te dejo que hagas tal o cual cosa”, pero que sobre todo seamos coherentes con nuestros pensamientos y emociones, y servirles así de modelos sanos.

Mi sugerencia para los que ya hemos crecido: cuando te pilles a ti mismo pensando o diciendo, “no puedo”, tradúcelo por “no sé cómo”, y ponte a buscar la manera de conseguirlo, o por un “no me apetece”, o “no quiero”, pero no te engañes, que en más de una ocasión te vendrá bien ser sincero con tus posibilidades, y si no te has entrenado en buscar los “CÓMO puedo hacer para”, tu futuro se verá muy limitado.

Y si eres responsable de un equipo de gente en la empresa, no uses, ni dejes usar a tu equipo los “no sé puede”. No te lo creas.

Mi conclusión: decir “no sé puede” es de cobardes, y decir, “no sé cómo”, cuando sea el caso, es de valientes. Y digo esto porque decir no sé como exige mucho coraje en el mundo corporativo en el que reconocerlo parece que te quitara puntos. Sin embargo, reconocerlo y actuar en consecuencia, te abre la posibilidad de aprenderlo, o de buscar a alguien que lo sepa, pero sobre todo, de descubrir nuevas posibilidades hacia el futuro.

Ya lo dijo Cuatro este verano, y fijaos, Campeones de Europa.

¡¡¡ Podemos, podemos, … !!!