Cómo crear una cultura de innovación cuando aún no hay una cultura de excelencia

Las dos fotos que vas a ver en este post las he sacado en las últimas 24 horas.

La primera la saqué mientras me dirigía ayer a mediodía a las instalaciones de un cliente ayer en la zona de Alonso Martínez en Madrid.

Al salir de la calle principal y girar en una bocacalle que llevaba al parking, me encontré con este camión bloqueando la calle. Sin ningún aviso por parte del conductor, ni del ayudante al que se ve saltando del camión mientras el conductor descargaba la caseta de obra, éste dejó el camión parado en medio de la calle. Estuvo unos cinco minutos mientras desde los coches los conductores esperábamos a que acabara la maniobra. Eso sí, educadamente, nadie protestó de manera sonora.

La verdad es que la espera no fue mayor problema, pero lo que si me dejó perplejo fue observar cómo el conductor bajaba la caseta desde el camión, sin avisar a ninguno de los transeúntes que pasaban junto al camión por el correspondiente paso de cebra, a poco más de un metro. Entre tanto el ayudante saltaba del camión como se puede observar en la foto, y las medidas de seguridad brillaban por su ausencia.

Mientras veía la escena la pregunta que me hacía era si esto pasaría igual en otros países con culturas más estructuradas y por otra parte rígidas, pero en cambio atentas a la seguridad, y a la excelencia.

Descargando una caseta de obra mientras los viandantes pasan por el paso de cebra

¿Excelencia en el trabajo?

La segunda foto la saqué esta mañana a primera hora cerca de mi casa, y me quedé alucinado viendo como el albañil que se ve en la parte superior de la foto se apoyaba en una tabla, o chapa, que a su vez apoyaba sobre dos tablones que salían de la ventana.

Ni red, ni arnés, ni cuerda o equipo alguno de seguridad. No conozco la normativa, pero por sentido común, y teniendo en cuenta que la altura era de aproximadamente 9-10 metros, no creo que pudiese salir ileso de una hipotética caída.

¿Excelencia en el trabajo (2)?

Y de nuevo la pregunta. ¿Es que en nuestra cultura laboral esto es algo normal? Porque luego nos quejamos de la siniestralidad laboral. Y hace tiempo que no voy a los bares de los polígonos, pero en la época en la que trabajé en un polígono industrial en el norte de Madrid durante varios años, las “castellanas”, y los “solysombras” (bebidas alcohólicas si no conoces los nombres) se servían a diestro y siniestro en los bares desde las ocho de la mañana como si fuesen la pócima de los galos que muchos trabajadores necesitasen para ir a ganarse el pan.

Y conectando todo esto con la innovación la pregunta que me hago es: ¿es posible crear una cultura de innovación cuando no existe una cultura de excelencia?

Está claro que en la pregunta que hago estoy mezclando niveles.

En mi opinión, dentro de una cultura nacional de no-excelencia, difícilmente surgirá una cultura nacional de innovación. Sin embargo, en una cultura nacional, regional, o sectorial de no-excelencia, si es posible que una organización que ya tenga una cultura de excelencia, desarrolle una cultura de innovación.

Y cuando hablo de cultura de innovación me refiero a una cultura en la que la excelencia y la innovación conviven de forma más o menos armoniosa. En la que los procesos se desarrollan con un nivel suficiente de excelencia como para que el cliente esté satisfecho con los productos actuales, y en la que además un porcentaje de sus personas, recursos económicos y de tiempo, de sus procesos, estructuras y sistemas se dedican de forma consciente y planificada a la innovación. Normalmente este porcentaje empieza siendo pequeño, y va creciendo a medida que la compañía comprueba la rentabilidad de la innovación.

En una cultura de innovación se identifican nuevas necesidades a satisfacer, o nuevas formas de satisfacer las necesidades existentes (y que se convertirán en futuros productos o servicios), pero sin comprometer la excelencia de lo que se suministra a presente. Y por esta razón en mi opinión en una cultura de innovación la excelencia ocupará un papel preponderante. En una cultura de innovación, entre el 70% y el 90% de las actividades deberían dedicarse a la excelencia, y el resto a innovación. Necesitas innovar pero haciendo un delivery excelente de las nuevas soluciones.

Porqué, ¿de qué sirve desarrollar una solución muy innovadora si la experiencia de usuario deja mucho que desear?

Desde luego para generar más ventas, no.

De hecho, uno de los indicadores que miden hoy en día la capacidad de innovación de una empresa, y podríamos inferir que indica la existencia de una cultura de innovación, es el porcentaje de ventas que provienen de productos o servicios desarrollados en los últimos cinco años. Es decir, de los productos o servicios que son exitosos (innovadores y suministrados a través de una buena experiencia de usuario) porque satisfacen las últimas necesidades detectadas, o satisfacen las antiguas de formas nuevas.

Según un informe de la universidad de Illinois realizado estudiando empresas de varios sectores, las empresas que lideraban sus sectores recibían al menos el 50% de sus ingresos de productos o servicios que tenían menos de 5 años.

Entonces volviendo al título de este post, ¿cómo puedes crear una cultura de innovación cuando estás dentro de una cultura en la que no hay excelencia? En mi experiencia la única forma de hacerlo es aislándote del entorno en el que no exista la excelencia, y creando tu propia microcultura de excelencia. Desde esa microcultura personal de excelencia, y una vez que te ganes la credibilidad de tu entorno podrás empezar a dedicar parte de tus recursos a innovar.  Y cada vez podrás dedicar más.

Una vez alcanzada esa excelencia, y si al principio esa microcultura sólo te incluía a tí, ya podrás añadir a más personas. Añade aquellas personas que sepan conjugar el uso de sus dos hemisferios. Que sepan utilizar su hemisferio izquierdo para ocuparse de la excelencia, y de la lógica, y su hemisferio derecho para desafiar los límites, los paradigmas, y desplegar su creatividad.

Si la microcultura la iniciaste con un equipo, vete planteando cómo ampliar el equipo, o aún mejor, cómo replicar la experiencia en otra parte de la organización.

No entraré hoy en más detalle sobre cómo desarrollar esa cultura de innovación, pero ya tienes en el post algunas pistas: detección de paradigmas, detección de nuevas necesidades, creatividad, …

Y para acabar, he dejado la última posibilidad. Si tras crear tu microcultura de innovación no ves manera de ampliarla, busca tu desarrollo en otro contexto. No todas las organizaciones (más bien diría, líderes) se encuentran con el nivel de madurez necesario para comprender que la innovación es una práctica consustancial a la sostenibilidad de las organizaciones. Algunas ya lo han entendido, y a otras aún les queda.

En definitiva, mucha suerte y ánimo, y no desesperes que aunque haya mucho ñapa suelto, es posible crear culturas de innovación. Como mínimo, tu microcultura personal de innovación.

Resources and resourcefulness. O ¿cuándo algo se convierte en recurso?

Leyendo hace un rato el post de Raúl Piriz ¿Cómo podemos hablar de recuperación económica si suspendemos, otra vez, en competitividad y productividad? me he acordado de un post que leí hace menos de un mes en una web americana de innovación.

Lo curioso es que no me acuerdo del contenido del post americano, pero si de cómo contextualizaba el autor la situación. Decía algo así como, “tras la crisis económica que sufrimos en 2008 y 2009 …”.

Al leerlo sentí una mezcla de rabia e impotencia. De la “crisis que sufrimos en 2008 y 2009″. Manda narices.

Hablaba en tiempo pasado de algo que a España nos toca tan de lleno en este momento. Era como si viviésemos en otro planeta.

Me imagino que salvando las diferencias obvias, podría ser algo parecido a lo que los habitantes de países subdesarrollados sentirán cuando ven cómo vivimos en Occidente, al menos desde el punto de vista de disponibilidad de recursos. Ellos también deben pensar que vivimos en planetas diferentes.

Y es que en cierto modo estamos subdesarrollados.

Y no por falta de recursos, porque como leí recientemente un recurso es un recurso en el momento en que sabes cómo sacarle provecho. Entre tanto sólo es algo que simplemente está ahí.  Estamos subdesarrollados en el uso de nuestros recursos propios.

Así, durante muchos siglos, el petróleo fue tan solo algo negro y viscoso que no valía para nada, y que como mucho manchaba. Solamente cuando alguien aprendió cómo sacarle provecho, se convirtió en un recurso. Y por cierto, muy valioso.

Lo mismo le ha pasado a muchas materias primas: el papel, que antes sólo era un árbol, el caucho que antes sólo era savia, la miel que antes sólo era algo que producían unos bichos voladores, las hojas de árbol que se convierten en figuras…

Y en cierta manera, algo similar le ha pasado a otros muchos recursos actuales creados por el hombre. Algunas personas crearon nuevos recursos que pensaron podría aportar valor a alguien, pero con poca conciencia del verdadero potencial.

Sin embargo ha sido habitual comprobar, como siempre a toro pasado, que la capacidad intuida para muchos recursos por sus creadores ha desbordado por mucho lo que inicialmente se imaginó.

Es decir, su creador le intuyó una capacidad como recurso, y otras personas del sistema se ocuparon de multiplicar por mucho su valor encontrándole nuevas utilidades. Y haciendo así de ello un recurso mucho más valioso.

Por ejemplo, los SMS pasaron de ser un posible medio para avisar al usuario de llamadas perdidas, a ser un negocio multimillonario. Internet ha evolucionado de ser un invento para intercambio de información entre militares y entre universidades a revolucionar la sociedad en la que vivimos. Y así podría listar muchos otros recursos actuales.

Y ahora viene lo que para mí son nuestros recursos más importantes. Y no hablo de dinero, ni de petróleo. Me refiero a cada uno de nosotros como individuos con un potencial increíble, e increíblemente poco desarrollado.

Cuando hablamos de nosotros mismos, nos cuesta mucho darnos cuenta de la cantidad de recursos, o recursos en potencia, con los que contamos y de los que hacemos un uso poco provechoso.

Y en este caso me refiero concretamente a dos: 1) a nuestra propia vida a la cual nos solemos referir usando una de sus unidades de medida, a la que llamamos tiempo, y 2) a nuestro cerebro y a las funciones que éste puede hacer.

  • Al hablar del tiempo es fácil que no le demos carácter de recurso. De hecho hacemos un uso cuando menos curioso del mismo. En general lo usamos de forma bastante pobre. Como evidencia tenemos algunas frases como “matar el tiempo”, “no tengo tiempo”, me falta tiempo”.

¿Cómo que no tienes tiempo? 24 horas como todo el mundo.

Otra cosa es cómo lo priorizamos cada uno. ¿A qué decidimos dedicarlo?. ¿A hacer cada día más de lo mismo, y obtener como mucho los mismos resultados?, ¿o a prepararnos para adecuarnos cada vez mejor a un entorno cambiante?.

Considero que (al menos en Occidente y mientras se sea una persona sana física y mentalmente) cada uno es responsable de decidir cómo usa su tiempo, qué decisiones toma, y en definitiva, cómo se gestiona, cómo gestiona su vida.

O dicho de otra manera. Cada uno es responsable de tomar conciencia del hecho de que si no toma la iniciativa para hacer de su tiempo y de sus otros recursos algo cada vez más valioso, es posible que pierda la posibilidad de alcanzar su felicidad porque otros le coloquen en una situación (vía despido, vía hacerle incompetente, etc) en la que se sienta como una víctima del sistema.

Y entre tanto el tiempo, nuestra vida, sigue pasando. ¿Cómo de consciente eres de hacer un uso útil del mismo que te ayude a ser feliz ahora y en el futuro? ¿Cómo de consciente eres de cómo haces para aportar cada día más valor, es decir, de hacerte más valioso para ti y para los demás?

  • De igual modo pasa con nuestro cerebro y una de sus funciones más interesantes, la mente. ¿Cómo de consciente eres de cómo lo estás usando? Hace aproximadamente un año escuché al auto de un audio-libro (libro hablado grabado en un CD o DVD) que tenía una gran noticia para sus oyentes: “Todos traemos de serie un cerebro. Gratis. No hay que pagar extra por él”.

La verdad es que la afirmación me encantó. Me pareció brillante. Era una obviedad, sí. Pero ligándolo con el concepto de cómo el cerebro puede ser un recurso mejor o peor usado, me pareció que abría una forma de explicar nuestra responsabilidad, para con nosotros mismos, aún más interesante.

Y si consideramos el cerebro como algo natural que el hombre recibe al ser concebido, y que por tanto no manufactura, es decir, si lo consideramos simplemente como materia prima (en este caso materia prima gris) es obvio que si no tenemos taras físicas ni mentales, sacarle más provecho es un asunto de voluntad y de inteligencia, más que de tecnología.

Yendo ahora al terreno organizacional, es muy probable que como directores no nos demos cuenta de que cuando fichamos personas, fichamos también cerebros (en el sentido más estricto del término) con mentes con un potencial impresionante por desplegar.

¿Y cómo nos estamos asegurando de aprovechar ese potencial, ese recurso?

Muchos se limitan a diseñar buenos procesos. Otros, mejor intencionados, optan por la formación de esos recursos.

Pero, ¿qué hay de invitarlos a ponerse a trabajar en los desafíos que tenemos cada día en nuestras organizaciones y darles la oportunidad de verdad de desafiar los modelos mentales obsoletos que mantenemos y que sostienen los problemas? ¿de generar nuevas ideas y aprovechar su potencial creativo? ¿de permitir que nos demuestren que estábamos equivocados en defender la forma histórica de hacer? ¿de aceptar que no lo sabemos todo por mucha experiencia que tengamos? Al fin y al cabo, la experiencia tiene que ver con el pasado y muchos de los problemas actuales sólo podrán solucionarse con ideas creadas con plena conciencia del presente. Con plena conciencia de la nuevas necesidades que han ido surgiendo.

Es obvio que como líderes tenemos una gran miopía que necesitamos corregir. Y me temo que la operación que tenemos que hacer para lograrlo no es de bisturí. Y que la operación no hay que hacerla sobre los demás, sino sobre nosotros mismos. Es decir, sobre nuestra limitada forma de leer la realidad, sobre nuestra poca convicción de tener a nuestro cargo cerebros (y mentes) con un potencial brillante por desplegar.

Nuestro trabajo será por tanto el de hacer los cambios oportunos en nuestro modelo del mundo para crear el ecosistema interno, la cultura, que saque lo mejor de los cerebros de nuestros colaboradores, y por supuesto del nuestro propio. Y como consecuencia, del otro valioso recurso, su tiempo. Para ello necesitaremos ampliar nuestra conciencia y desarrollar una nueva forma de auto-liderazgo.

Es cuestión de aprender cómo apalancar el potencial de nuestros “recursos humanos”, de las personas que trabajan con nosotros, que por diferentes motivos no estamos sabiendo aprovechar.

No es cuestión de falta de recursos. Es cuestión de aprender a sacarle mucho más provecho a los que ya tenemos.

Y el cambio para lograrlo, como siempre, empieza en ti.

Felicidad y rentabilidad, felicidad e innovación

Esta mañana recibí un mail de un cliente y amigo en el que me mandaba un vínculo de un artículo en El País de hoy. En el artículo se hablaba del interés de algunas capitales europeas por medir la satisfacción de sus ciudadanos.

Desde luego el titular sonaba muy bien por lo mucho que suena a enfoque de innovación. Si los ciudadanos somos los clientes de una ciudad, harían bien los políticos en conocer la Voz de sus Clientes. Eso sí, en términos de innovación, no de quejas, o protestas que no llevan a ninguna parte.

Vamos que si tomasen nota de las oportunidades que hay y tuviesen la voluntad de aprovecharlas, podrían innovar satisfaciendo las necesidades insatisfechas o satisfaciéndolas de formas más sostenibles y/o rentables.

Pero no, el artículo no iba por esos derroteros. En el artículo se debatía sobre la relación (o ausencia de ella) entre el PIB y la felicidad, y sobre cómo medir esta última. También ahondaba en si había relación, o no, entre tener dinero y ser feliz.

Bueno, es otro enfoque que también podría resultar interesante, ya que si obtienes indicadores de la felicidad actual, y defines en base a qué se están obteniendo estos indicadores, puedes intervenir sobre estas variables y mejorar así la felicidad de los ciudadanos.

Pero tampoco es que en el artículo se buscase esto. O al menos esa es mi impresión ya que cuando quieres medir la felicidad, la satisfacción personal con uno mismo, considero fundamental medir la conciencia que tienes sobre ti mismo, y sobre la forma en la que lo que haces, sientes y ves hacer a tu alrededor, está alineado con tus valores.

Como dice el artículo, estamos obsesionados con comparar resultados económicos con felicidad. ¿Da el dinero la felicidad?

Creo que el enfoque está mal planteado. Al centrarnos en esa cuestión, nos olvidamos de lo que tarde o temprano acabas descubriendo si aumentas tus niveles de conciencia. Que tu felicidad está más relacionada con el disfrute del viaje en la consecución de tus objetivos vitales que con lo económico.

Es más fácil que seas feliz mientras disfrutas de un entorno alineado con tus valores personales en el que alcances esos logros vitales. Darte cuenta de esto es posible una vez que descubres que lo que habitualmente buscas fuera, comprando y consumiendo, se encuentra ya dentro de tí. Pero eso exige conciencia.

Por eso me sorprende que en todo el artículo, en el que se mencionaba a eruditos de la felicidad, no se menciona en ninguna parte el concepto de conciencia. Si se hablaba de la lotería, de cómo nos comparamos con los demás, del bienestar, pero no de la conciencia que cada uno tiene de sí mismo, y de su entorno.

Una de mis reflexiones ha sido la de ¿por qué quieren esas capitales medir la satisfacción? Porque si realmente quisieran saber cómo están sus ciudadanos, deberían preguntarles a ellos. Para ello deberían hacerles tomar conciencia de cuales son sus valores, ver si estos se manifiestan en la ciudad en la que viven, y en la forma en la que sus políticos les dirigen, y de cuales serían los valores (creencias y comportamientos) que deberían mostrar estos dirigentes en un futuro.

Pero claro, que los ciudadanos tomen conciencia me parece que puede ser peligroso para los políticos. Una sociedad que piense, que sea consciente de lo que siente, de lo que hace y de lo que ve, y de lo que necesita para ser feliz, puede ser una amenaza poco deseable. Una sociedad así no es fácil de anestesiar con el fútbol, la salsa rosa y el gran hermano.

Tal vez por eso ni los políticos ni los directores de muchas organizaciones, directivos todos de distintos tipos de colectivos, se decidan a preguntarle a sus clientes internos, ciudadanos o trabajadores, qué necesitan para dar lo mejor de si mismos y ser felices en el proceso.

Parece que la incompetencia de muchos directivos de estos mundos paralelos pueda fácilmente perpetuarse, siempre que sus clientes internos permanezcan atenazados por la ignorancia (los ciudadanos) o por el miedo (los trabajadores).

Creo que más de uno preguntará por la satisfacción de sus congéneres, pero no para mejorar sus comportamientos y ayudarles a conseguirla en mayor medida, sino para saber si pueden seguir manteniendo sus formas actuales de gestión sin que peligre su futuro inmediato.

O dicho de forma más constructiva, y este aviso es para cualquier directivo que influya o controle, a personas. Si como directivo lo que quieres es contar con un equipo de personas que dan lo mejor de si mismos, y en ese dar consigan satisfacer tantos sus objetivos personales como los de la organización (o ciudad, o país, o planeta) que diriges, y a la que ellos pertenecen, asegúrate de que:

1.- son conscientes de sus valores personales y te los hacen saber.

2.- te cuentan qué tipo de comportamientos y valores observan en la cultura actual.

3.- te sugieren la cultura deseada por ellos y en la que darían lo mejor de si mismos.

Desde estas tres lecturas podrás tomar nuevas decisiones sobre el tipo de cultura que quieres construir atendiendo las necesidades descritas en las mismas.

Creando un cultura constructiva de forma consciente, tendrás todos los ingredientes para hacer que la innovación surja en la misma. Las personas estarán dispuestas a aportar lo mejor de si mismas, ya que en ese proceso habrán visto como tú y tu equipo habéis cambiado la forma de hacer las cosas, habéis pasado de una dirección basada en el miedo y la desinformación, a otra basada en la confianza y la transparencia, y sobre todo, habéis cambiado vosotros, dando a los demás un ejemplo, un modelo de cómo desde el cambio personal, basado en la conciencia, es posible construir un entorno de posibilidades.

Dicho de forma resumida, a través de la conciencia es posible cambiar lo que hasta ahora no veías, crear un entorno amigable, dejar de buscar fuera lo que realmente ya reside dentro de ti, y alcanzar así un estado de felicidad interior.

Te invito a que aumentes tu conciencia y descubras qué necesitas cambiar en ti, y en tu entorno, para sentirte más feliz. Y si tienes gente bajo tu responsabilidad, te invito también a que te ocupes de saber que necesitan, y cómo puedes ayudarles a conseguirlo.

El viaje es divertido, y sobre todo, una fuente de felicidad.

Y recuerda que, como dice el título de un libro que compré hace tiempo, “Suffering is optional”.

¿Qué estamos haciendo para que la crisis dé paso a un nuevo escenario?

Todos estamos más o menos esperando a que la situación actual evolucione a mejor, y dejemos de hablar de que estamos en crisis.

Esperamos a que los demás hagan algo, pero en el fondo para que las cosas cambien, cada uno de nosotros debería hacer algo al respecto.

Curiosamente, pocos parecen tomar conciencia de que estamos en una situación que exige un cambio, y que el cambio pasa por cada uno de nosotros.

Si todos esperamos a que las cosas cambien, nada cambiará.

Ser pasivos no es la mejor solución.

Esto es lo mismo que pasa en las organizaciones.

El CEO espera que sus directores cambien. Los directores que el CEO cambie. Los mandos intermedios que los directores cambien. Y los directores que sus mandos cambien. Los colaboradores esperan a que los mandos cambien. Y los mandos a que los colaboradores cambien.

Eso sí, a veces “hacemos nada a toda hostia”, y eso siempre vende.

Pero en realidad al final todo sigue igual porque nadie quiere cambiar, porque cambiar por las buenas es algo que resulta difícil.

Desde mi punto de vista esto se debe a diversos motivos, de los cuales destaco el miedo a perder la certidumbre. Y para racionalizarlo, solemos articularlo en base al pensamiento egoísta de “¿y por qué he de cambiar yo? Que cambien ellos”.

Y claro, muchos dirán que es un pensamiento sensato, y que no les falta razón a los que lo esgrimen.

Cuando esto pasa se debe generalmente a que no vemos claros los beneficios del cambio. No tenemos una visión a la que orientarnos. No tenemos objetivos motivantes.

Y claro cambiar por cambiar tampoco resulta muy atractivo.

Sin embargo, de lo que tal vez no nos demos cuenta es de que debido a este pensamiento habitualmente compartido por una gran parte de las organizaciones, sociedades, y grupos en general, terminamos sintiéndonos, e incluso siendo, víctimas de una situación que no nos gusta.

Pero claro, al menos, la conocemos.  Y eso nos da certidumbre.

Bien podría articularse como “más vale crisis conocida, que futuro por conocer”.

En fin que desde mi opinión, y al igual que ocurre con otros muchos cambios, …

…si queremos que algo cambie, todos debemos cambiar algo.

Y para ello es importante que creemos una visión hacia la que dirigirnos.

cambio de estrategia

Cuando tengamos esa visión, objetivo o foco al que dirigirnos, nos resultará mucho más fácil tomar conciencia de que existen alternativas a nuestro comportamiento habitual.

Os animo desde aquí a que iniciéis pequeños cambios que os/nos saquen de esta situación actual, que os acerquen hacia esa visión personal. Y aunque esto no sacará a todos de golpe de esta situación actual, si hará que al menos vosotros percibáis la realidad de una manera diferente. 

¿Y qué tipo de cambios?

1.- Pues algo tan simple como empezar a elegir palabras diferentes para etiquetar la situación actual. En lugar de hablar de crisis, hablad de situación de grandes cambios, o incluso mejor, de grandes oportunidades. Esto ayudará a crear el clima, las condiciones, para que inicieis el movimiento en la dirección elegida.

2.- O empezad a preocuparos en positivo. Empezad a imaginar que el año que viene será mucho mejor que este, empezad a tener emociones positivas respecto a lo que os va a ocurrir a medida que os acerquéis hacia vuestro objetivo, y aprended a darle una nueva acepción al sustantivo “preocupación”.

3.- Reuníos con gente optimista respecto al futuro. Gente que crea que este momento está lleno de oportunidades. Recientemente estuve hablando con un amigo, cuyo despacho profesional está en una gran oficina en la que conviven seis empresas, y me decía que cada semana alguno de sus “vecinos profesionales” les planteaba una nueva posibilidad de negocio. Si compartís vuestra visión con esas personas optimistas, surgirán nuevas oportunidades que nunca hubieséis imaginado.

4.- Dad perspectiva  a vuestras lecturas de la realidad, y pensad en momentos malos que hayáis tenido en el pasado y pensad que hicisteis entonces para salir de ellos. Ved luego que aprendisteis o que podéis aprender ahora de aquellas experiencias pasadas, y pensad en cómo aplicarlo al viaje al futuro que os estáis planteando.

5. –Tomad conciencia de cómo os hacen sentir las etiquetas que emitís respecto a vuestra percepción de la realidad. Si la emoción no es agradable, probad a cambiar la etiqueta, y comprobad de nuevo la emoción. Ensayo y resultado. Sentirse bien en el presente os ayudará a explorar con más entusiasmo.

6.- Acercaos a lo que os apasiona en la vida, y dedicadle cada vez más tiempo. Acrecentando la llama interna de la pasión hará que vuestra motivación interna se dispare. Continuad vuestra formación en estos temas que os hacen recuperar la ilusión. Cuanto más conjuguéis, más alineéis, vuestra visión personal con lo que os apasiona, más sensación de plenitud tendréis, y más fácil será que encontréis oportunidades donde antes sólo había problemas.

Estas son algunas ideas que os pondrán en una nueva ruta de acción.

Si tenéis duda de si funciona, probad; si no lo hacéis nunca sabréis si funcionan. Y el riesgo es mínimo.

Eso sí, perseverad en ese nuevo comportamiento, porque las varitas mágicas ¡¡¡hace tiempo que se acabaron!!!.

Como decía Michael Jackson en una de sus canciones, make that change!

“Ensayo y error”, “¿ensayo y resultado?”, …, “¿ensayo y …?”

A menudo escucho la idea de que para hacer algo nuevo debemos tirar de la fórmula de “ensayo y error”. Y aunque no he hecho un estudio científico al respecto, me da la sensación de que cuando hacemos esta afirmación, nos resulta tan familiar que no solemos reparar en la carga simbólica que lleva consigo. Nos es tan habitual que es transparente para nosotros.

Sin embargo, últimamente he estado pensando en las connotaciones negativas que esta “fórmula” tiene. Y me refiero de forma más concreta a la carga negativa de la palabra “error”. Sobre todo porque ahora que los recursos son aún más limitados, y todo el mundo busca la excelencia, parece que no haya lugar para cometer errores.

Y creo que por eso para muchas personas, diría que la mayoría, cometer un error es un sinónimo de desastre.

Si cometemos un error, es probable que nos sintamos mal, quizás incluso incapaces, y confundamos nuestro error con nuestra identidad. “He fallado, ergo soy un inútil”.

No solemos ser conscientes de que un error es uno de los resultados probables que podemos obtener al hacer algo nuevo. Y por lo tanto, debería ser algo esperable. Pero claro, el error tiene mal cartel.

Es por esto por lo que me gusta más decir que al hacer algo nuevo debemos aplicar la fórmula de “ensayo y resultado”.

Si el resultado obtenido es el que queríamos, genial. Prueba superada.

Si no es así, lo coherente es tomar nota del gap, de la brecha, entre lo que esperábamos, y lo que hemos obtenido, analizar las acciones que hemos hecho, y que han dado lugar a ese resultado, y variar aquello que el sentido común, o un análisis más detallado, nos indique como más razonable para acercar el próximo ensayo al objetivo deseado.

Esta es de hecho la forma que desde pequeños utilizamos para aprender a dominar algo, y en la que deberíamos seguir confiando de adultos para aprender cualquier nueva habilidad, o disciplina.

Sin embargo, cometer errores cuando somos pequeños suele estar permitido, mientras que de adultos, ni nos los permiten, ni nos los permitimos.

Por eso de adultos nos cuesta más aprender, porque no queremos, o no nos permitimos, obtener resultados intermedios.

O acertamos a la primera, o preferimos no asumir la posibilidad de errar.

Desde mi punto de vista, esto está relacionado con nuestro ego, y sus secuaces: los miedos al fallo, al ridículo, y al que dirán. Y dado que no queremos que nuestro ego sufra, evitamos cometer errores. Y que mejor forma de conseguir esto, que no intentando hacer nada nuevo.

Y por si acaso, me protejo argumentado que todo lo que no sea perfecto es un error. ¿Qué mariconada es esa de llamarlo resultado?

En general esto estaría muy bien si no fuera porque no todo el mundo sufre de estos males del ego; hay algún@s que se atreven a hacer cosas nuevas, a ensayar y a aprender de esos resultados intermedios, que muchos llaman errores.  Y de este modo, inventan nuevas formas de hacer, e incluso de estar y de ser.

Esto obliga a los demás a probar nuevas cosas para no quedarse atrás.

Y ya tenemos el lío montado.” ¿Me subo al carro, o me espero?”; “¿y si espero será demasiado tarde?”; “mira que si me equivoco”. Y así la vida, por suerte, va cambiando por los cambios que introducen algunos “iluminaos“.

Cómo ya habrás adivinado, en estas últimas frases me estaba refiriendo a l@s innovadores, a esas personas que leen la realidad de una forma diferente, y que la etiquetan también de un modo diferente.  Son las personas que “nos complican” la vida, creando nuevas formas de relacionarse con el mundo.

De hecho si lo piensas, no deberíamos siquiera hablar de “ensayo y resultado”, sino de “ensayo y evolución”.

¿Acaso no ha llegado nuestra civilización hasta donde se encuentra actualmente a base de hacer ensayos y aprendizajes?.

Si no fuera por aquellos que se atrevieron a obtener nuevos resultados, desafiando a sus egos, y a sus miedos aprendidos, todavía seguiríamos en las cuevas comiendo carne cruda, cortada con los dientes, porque ni habríamos inventado el hacha, ni habríamos aprendido a controlar el fuego, por empezar por lo más básico.

Porque amigo lector, si todavía piensas que es mejor hablar de “ensayo y error”, estarás implícitamente diciendo que el ser humano es sólo eso, un error de la naturaleza.

Y aunque desde la ironía me apetece estar de acuerdo, en el fondo me resulta admirable lo que el ser humano ha logrado alcanzar a base de ensayo y … ¿cómo prefieres llamarlo?.

En fin, etiqueta lo que ocurra con tus ensayos como quieras, pero por tu propia sostenibilidad personal y profesional, diversión y posibilidades de aprendizaje, no dejes de ensayar nuevas cosas, si no quieres quedarte atrás.

¡¡Buena suerte con tus ensayos!!