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¿Aceptas Lo Que No Te Gusta?

Sí, ya sé que la pregunta parece un poco tonta, pero como verás más adelante tiene más sentido del que podrías intuir.

Cuando algo que ocurre en tu entorno no te gusta, lo más habitual es que lo rechaces. Este rechazo también sucede cuando no te gusta algo sobre ti.

En el proceso de duelo que vives en cualquier proceso de cambio (o de crecimiento), esta parte tendría que ver con las fases de “Negación” y/o “Frustración”.

Sin embargo, esa respuesta natural no es la mejor si quieres cambiar tu realidad.

En este video te doy algunas pistas al respecto.

Por tu nueva forma de gestionar lo que no te gusta.

Un abrazo,

Matti

PS.- Si quieres ver más videos, aquí tienes el enlace a mi canal de YouTube. Y aquí están los videos que tenemos en el canal de inKNOWation.

 

 

SPV y la fruta prohibida

Lo normal estos días, después de que para muchos se haya acabado el descanso veraniego, es que se oiga hablar en muchos sitios sobre el Síndrome Post Vacacional, o SPV.

Y yo que me he puesto a trabajar hoy por primer día después del verano me pregunto, realmente es un síndrome post-vacacional o es el más maligno SPVAT, también conocido como Síndrome Pre_Vuelta_Al_Trabajo.

Parece lo mismo pero no tiene nada que ver. El estado natural del ser humano no es el trabajo, es el descanso.

Es cierto que hace ya unos cuantos miles de años que la cosa no ha cambiado en lo esencial. Antes cazábamos (trabajábamos) para conseguir carne, pieles y huesos (conseguir comida, ropa y herramientas o gadgets).

Además nos buscábamos cuevas (comprábamos casa), recogíamos leña (que ahora sería la eléctrica o petrolera de turno) y las defendíamos de los intrusos (bancos y otros acreedores de los servicios que hemos instalado en nuestras cuevas) para poder dormir a resguardo, calentitos y guardar nuestras pertenencias.

Pero esto antes no era así. Todo cambió con la primera innovación.

Todo fue por culpa de ¡¡la manzana!!.
manzana
¿La manzana?

Antes de que Adán y Eva sucumbieran a pegarle el mordisco, no hacía falta nada de esto, o al menos los cronistas no nos lo han contado. Teníamos comida, casa, y todo lo necesario para ser felices.

¡ Ni siquiera hacía falta innovar !

Y de golpe, ñam …, y la cag..mos.

Y desde entonces estamos condenados a trabajar, y a sufrir la vuelta al trabajo después de la estancia temporal en el paraíso que experimentamos en verano, y a veces en navidades.

Bueno, en realidad, no es una estancia temporal, es un alquiler que hemos tenido que contratar trabajando durante el año para poder pagárnoslo.

En fín, que por saltarse las reglas Adán y Eva, innovaron e inventaron… el trabajo.

Esta claro que saltarse las reglas y salirse de la zona de confort siempre lleva engendrada la posibilidad de crear alguna innovación.

Por otra parte, no me extraña que esto de la innovación a mucha gente le resulte diabólico.

Pues nada, que ustedes lo disfruten, y a ver quien innova e inventa la vuelta al paraíso, que no al infierno, sin alquiler.

¿Cómo gestionar el miedo?

Leyendo un post en LinkedIn de Mónica Grossoni titulado ¿De verdad crees que el miedo no toma tus decisiones or ti?, me ha venido a la cabeza la idea de escribir sobre el miedo, tema cada día más recurrente de forma explícita o implícita en las conversaciones con mis clientes cuando hablamos de innovación y cambio.

Eso sí, el temita es amplio a más no poder.

En esta época tan cambiante que estamos viviendo, la incertidumbre hace que el miedo sea una de las respuestas más habituales.

Para otras personas en cambio, esta incertidumbre es sinónimo de oportunidad. La falta de certeza permite nuevas posibilidades que benefician a aquellos que sintiendo miedo o no, no se bloquean ante el mismo, y siguen sabiendo como, o atreviéndose a, tomar decisiones de cambio. En definitiva a iniciar el camino de la innovación.

Mi opinión es que las personas que triunfan* en la vida son aquellas que se atreven a enfrentarse a sus miedos. No a negarlo, sino a reconocerlo, y a avanzar a pesar del mismo (o incluso gracias a él).

O dicho de otro modo, a reconocer al miedo como a un compañero de viaje, que a veces es un poco desagradable, pero que nos hace tomar precauciones, analizar las circunstancias, valorar otras opciones.

De hecho sentir miedo es una de las emociones que a menudo le surgen a aquellos que desafían por primera vez los límites de su zona de confort.

* Nota: triunfar, entendido como conseguir aquello que desean, que puede ser económico, o disponibilidad de su tiempo libre, o vivir en un determinado país, o simplemente vivir del cuento, pero eso sí, en todos esos casos, disfrutando tanto del camino como de lo conseguido.

En mi época de directivo, el miedo era algo que a la gente no le gustaba ni mencionar. No le gustaba a la gente en general, y menos a las personas que ocupaban puestos directivos.

Estoy preocupado”; “estoy nervioso”; “estoy inquieto”.

“O sea, que tienes miedo”.

“No no he dicho eso, sólo estoy un poco preocupado.”.

“Ya, bueno”.

Creo que el problema es que reconocer que tienes miedo está muy mal visto. Parece que aún pesa mucho aquella idea de que tener miedo es de cobardes.

Lo curioso es que EL MIEDO NO SE TIENE.

EL MIEDO SE SIENTE. O TAL VEZ NO.

Es decir, que es cuestión de sentirlo, o de negarlo.

Mucha gente prefiere negarlo con la esperanza de que desaparezca. Esto quizás les permita evitar reconocer la emoción, y como consecuencia verbalizarlo como sentimiento, pero no eliminará la sensación.

No eliminará las mariposas en el estómago, las molestias bajo la costilla, los dolores en el pecho, el insomnio, la falta de apetito, la ansiedad, o como quiera que a cada uno se le manifieste antes de reconocerlo como emoción.

Dado que el miedo es algo que ocurre a nivel fisiológico, considero que es muy útil reconocerlo. Como mínimo a título individual. Si le reconocemos como tal, podremos analizar que hay detrás de él, y en que me baso para sentirlo.

Si lo hago probablemente pueda descubrir que ya he superado circunstancias similares, y que puedo apoyarme en esas otras experiencias para ganar la confianza suficiente para enfrentarme a eso que me da miedo, a eso que me pre-ocupa. Y así podré dejar de pre-ocuparme, y pasar a ocuparme.

El miedo suele desaparecer cuando inicio la acción en la dirección hacia la que no quiero avanzar (debido justamente a ese miedo).

A medida que avanzo lo normal es que descubra que aquello que me producía el miedo no era para tanto, y que soy capaz de gestionarlo.

Puede también ocurrir que descubra que simplemente me falte conocimiento o habilidad y que la solución la voy encontrando en formarme, en desarrollarme en eso que me falta.

En otros casos, descubriré que lo que me daba miedo era la suma de falta de competencia más la inmediatez de conseguir resultados y que puedo alcanzar lo que quiero apoyándome en otros para avanzar por ese camino.

Por tanto, todo lo que hagamos para negar la sensación, o para no reconocer la emoción, y finalmente ponerlo en palabras, y atrevernos a hablar de él, irá en nuestro perjuicio. No nos ayudará a superarlo.

Reconocerlo a título individual es en mi opinión muy útil, con o sin ayuda. Depende de cuanto miedo sientas, y de tus recursos para superarlo.

Pasando al ámbito más general, diría que reconocerlo públicamente es en muchas ocasiones un síntoma de madurez.

Reconozco que dicho así es demasiado general, ya que depende de las circunstancias, del público que te escucha, de la madurez del público, etc.

Muchos líderes pensarán que probablemente haya circunstancias en las que sea mejor no hablar públicamente del miedo que sienten.

Soy de la opinión que aceptar el miedo propio, seguido del reconocimiento de que éste no es un obstáculo para seguir avanzando actuando en busca de aquello que quieres para ti o los demás, te hace ser mejor líder. Lejos de provocar pánico, considero que saber reconocer lo que te ocurre y que eso no te paraliza ofrece a los demás más credibilidad que el ya olvidado héroe de comic que no le tenía miedo a nada. Salvo para determinado públicos, eso ya no es creíble.

Hasta Superman le tenía miedo a la kryptonita.

Creo que es hora de que empecemos a madurar en el reconocimiento y aceptación de nuestras emociones, tanto en privado como en público, y especialmente de una de las más denostadas, y maltratadas.

En fin que es este un tema muy interesante y probablemente uno de los temas sobre los que más se va a escribir en los próximos años.

De hecho, mi miedo ahora es ¿me habré dejado algo en el tintero por lo que alguien me va a machacar con su respuesta?

Negando la innovación

¿Recuerdas cuando hace un par de décadas empezó a hablarse de la calidad en las empresas, y mucha gente decía que eso no iba con ellos?. Que su sistema no necesitaba molestarse con esas modas.

Más tarde las empresas más avanzadas fueron creando los puestos de responsable de calidad, aún cuando el resto de su organización pensaba que los temas de calidad debían gestionarlo exclusivamente “los de calidad”.

Poco a poco fuimos descubriendo que no, que la calidad era una responsabilidad de todos, y nos fueron dando los procedimientos de nuestra área de responsabilidad, y empezaron a medirnos, también en base a esa nueva función.

Lo siguiente fue la creación de departamentos de calidad.

Hoy en día nadie cuestiona que las empresas tengan su sistema de calidad, homologado por algún organismo externo y, sobre todo, exigido por muchos de sus clientes.

La calidad es hoy una función incorporada a la empresa, que de hecho ha creado toda una industria en torno a si misma.

Y antes lo hizo el marketing, los recursos humanos, y otros departamentos (funciones) que hoy nos parecen naturales en toda empresa.

Sin embargo, en muchas organizaciones todavía se niega la necesidad de incorporar la innovación. “No tenemos tiempo para esas cosas intangibles”, “Ya se pasará esa moda”.

Y es curioso que en los tiempos de cambio (crisis) que vivimos, casi la única respuesta de muchos equipos directivos sea: “Lo que necesitamos es reducir el nivel de actividad, los costes, a lo mejor la plantilla, y ya llegarán mejores tiempos”.

Y mejores tiempos desde luego que llegarán, pero no para todos. Llegarán para aquellos que hayan sabido cambiar, adecuarse a los nuevos tiempos, y sacar provecho a sus recursos empresariales.

Ya lo explicó Darwin. No sobrevive el más fuerte, sino el que mejor se adapta. O sea, el que mejor cambia y saca provecho de las circunstancias.

Porque en definitiva, innovación es básicamente sinónimo de cambio. Eso sí, no de cualquier tipo de cambio.

La innovación es un tipo de cambio hacia un nuevo escenario logrado a través del lanzamiento de un nuevo producto, servicio, proceso, estrategia o modelo de negocio que como resultado produce una ganancia (o valor) cuantificable.

Es decir, que cuando negamos la necesidad de innovar, negamos la necesidad de cambiar.

Bueno sí, el entorno ha cambiado, las necesidades de los clientes habrán cambiado, pero de momento seguiremos haciendo más de lo mismo”.

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O dicho de otro modo, los directivos que niegan el cambio no son conscientes de las fases por las que las personas, y las organizaciones, pasan en todo proceso de cambio.

Cuando por fin los directivos tomen conciencia de que algo fundamental está cambiando, tendrán varias posibilidades básicas:

o Rechazar el cambio – “en realidad, dentro de poco todo volverá a ser como antes
o Dejarnos llevar, no hacer nada – “bueno, reduzcamos costes y ya veremos que pasa
o Adaptarnos a él, y mantenernos en el pelotón – “empecemos a pensar en hacer cosas nuevas, esto no tiene buena pinta
o Ir más rápido que el cambio – “no podemos permitirnos seguir como antes, necesitamos cambiar cosas; vamos a crear varios proyectos de cambio
o Salirnos del sistema – “mejor será que cerremos la división, o la empresa

Una última posibilidad es tratar de provocar tu propio cambio en una nueva dirección. “He encontrado una nueva oportunidad en el mercado”. Es decir, INNOVAR.

Volviendo entonces al título de este post, ¿qué ocurre en general cuando alguien niega la innovación?.

En términos de gestión del cambio, las personas que niegan la necesidad de cambiar, cuando su entorno lo está haciendo, están en la segunda fase del proceso de cambio.

Negación es la segunda fase en todo proceso de cambio

¿Y cuales son los pasos de la curva de cambio?

El primero paso es el shock, “¡cómo que los clientes están dejando de comprar!”, “¿qué quieres decir con que la competencia nos está quitando cuota de mercado?”, “¡cómo que no está funcionando la campaña que lanzamos el mes pasado!”.

En segundo lugar está la negación. “Es evidente que esto es temporal; ya verás como en unas semanas volvemos a estar como antes”, “ya verás como a nuestros competidores les falla ese nuevo producto”, “¿para qué vamos a cambiar nada, si somos los líderes del mercado?”, “siempre lo hemos hecho así, y ahora no veo necesidad de hacerlo diferente”.

Aquí es donde se encuentran ahora todos aquellos directivos que niegan la necesidad de cambiar, y sobre todo de cambiar sus creencias, de decidirse a capacitar a su empresa en el ejercicio del cambio sistemático, de querer detectar nuevas oportunidades, de identificar necesidades no satisfechas tanto dentro como fuera de sus organizaciones. Y lo malo es que no se dan cuenta de que cuando juzgamos, lo hacemos en general desde lo conocido, desde la experiencia, y ésta no tiene en cuenta las posibilidades que podemos desarrollar.

Para los que por fin han superado la negación, llega la frustración. “¡No me lo puedo creer!”, “¡Cómo es posible que no nos diéramos cuenta!”, “¡Cómo hemos podido estar tan ciegos!”; y bueno para eso tenemos además un buen refrán español, “no hay peor ciego,que el que no quiere ver”.

Y tal y como dice el gurú del cambio, John Kotter, es necesario ver y sentir para cambiar. Pero claro, si no ves, el resto no sigue.

Una vez que hemos superado la frustración, llega la aceptación. “Bueno, al menos ahora ya nos hemos dado cuenta de que necesitábamos cambiar, y más vale tarde que nunca”, “Es evidente que a partir de ahora podremos aprovechar las oportunidades que no habíamos visto hasta ahora”.

Y la empresa empieza por fin a tomar decisiones en la dirección correcta. Se plantean nuevos proyectos de cambio / innovación, y empiezan a plantearse como sacarle provecho al cambio que están viendo (ahora si) en su entorno.

Es entonces el momento de iniciar la fase de aprendizaje y desarrollo, la fase en la que nos damos cuenta de cual es la brecha entre lo que sabemos hacer y lo que exige la nueva situación, o dicho de otro modo, la situación que lleva tiempo ocurriendo pero que hasta ahora no había conseguido tener en cuenta. “Necesitamos formar a nuestro equipo en las habilidades x e y”, “para el proyecto de mejora Z es importante que cambiemos modifiquemos los pasos 2 y 3 del procedimiento”, “hemos detectado bastantes mejoras en el proceso, y lo estamos rediseñando”.

Cuando por fin hemos incorporado las nuevas actitudes, habilidades, herramientas, metodologías, iniciamos la fase de aplicación. Ahora empezamos la puesta en práctica de las novedades y comienza la consecución de nuevos resultados. “Nos congratula informar del lanzamiento del nuevo servicio W (o producto, proceso, estrategia, o modelo de negocio)”.

Y como no podía ser de otra manera, al final del proceso cambio está la fase de terminación, en la que medimos los resultados, hacemos las correcciones oportunas, asentamos el cambio, y en definitiva, nos empezamos a preparar para la próxima innovación, pero esta vez, esperamos, con conocimiento de causa.

Y a todo esto, y por si alguien se ha despistado los últimos meses, el cambio del que hablo es el cambio global en la economía, en el sistema, en el mercado, en la mente de las personas que componen tu organización.

En definitiva, y para resumir, la negación de la innovación es sinónimo de “prefiero seguir haciendo más de lo mismo”, o “Ya, el mercado ha cambiado pero a mi me da igual, voy a seguir haciendo más de lo mismo”, o “No les voy a dar a mis clientes ningún producto ni servicio nuevo, ni voy a mejorar mis procesos, ni voy a pensar en mejorar mi estrategia, y menos aún mi modelo de negocio. Ya cambiarán ellos. Ya cambiará el entorno.”

Y esto puede traducirse de forma muy simple como un síntoma de locura, tal y como en su día dijo Albert Einstein, locura es esperar que ocurran resultados diferentes, haciendo más de lo mismo.